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Prodigios de Ibán Navarro


Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA. 6 de julio de 2008

 

Prodigios de Ibán Navarro

Cuando Ibán Navarro llegó el pasado año con un lote de paisajes bajo el brazo pocos imaginaban lo que se le venía encima a una Galería Este que, con aquella convocatoria inédita por estas latitudes, y como le ha ocurrido a otras galerías santanderinas, vino a confirmar su querencia por los artistas españoles de contrastada calidad. Porque Ibán Navarro no es sólo un joven que pinta de manera soberbia, que ya sería mucho en estos tiempos que corren; más bien parece que la pintura, no se sabe por qué misterio, ley oculta o manejo extraño, le ha elegido para ser uno de sus privilegiados actores, de esos que nunca agotan sus posibilidades y siempre son capaces de sorprender transitando por caminos nuevos a partir de una técnica sofisticada, cuidada al mínimo detalle, entregada titánicamente a la reproducción exacta de una realidad que siempre parece que se nos escapa al resto de los mortales. Nacido en Barcelona en 1982, e hijo del excelente hiperrealista jerezano Jesús Navarro (también su madre y su hermana se dedican a la pintura), bien se puede decir que ha nacido y crecido envuelto por el arte, aunque esto no hubiera sido suficiente si en el artista no se hallaran cualidades innatas a las que mimar y cuidar. Desde el año 2003 ha expuesto en Top Art de Barcelona, Lance de Tokio, Howard de Manchester, Androx de Vigo, Sharon Art de León y Jorge Sori Fine Art de Miami, recorrido internacional para una pintura que bien puede exponerse en lugares tan distintos, ya que el espectador se reconoce en lo que observa, aunque los paisajes procedan de una geografía concreta. A pesar de la política contumaz de ciertos gestores culturales, siempre existe un camino para lo figurativo, que es experiencia creadora notable, desde la que un buen pintor puede ofrecerse, siendo fiel a la esencia de la pintura, a nuevos derroteros.

Después de aquella exposición de la Semana Santa de 2007, trae ahora Ibán Navarro a la Galería Este otro conjunto extraordinario de esos restos que quedan de los pequeños naufragios interiores, con mares diversos y costas afiladas y objetos errantes, motivos que apura desde el preciosismo y la detención y el cuidado que tiene el exigente creador ante su propia obra. Utiliza Ibán Navarro la acuarela y el pastel graso, y los emplea tan bien que crea texturas más que fotográficas, reinventándose en las luces y sombras de los objetos, en las ambientaciones escénicas, en la composición de los elementos, en la suavidad cromática y en la sensación general de estar contemplando uno de esos festines del detalle al que nos convocan los prodigios del hiperrealismo. Particular cuidado, si cabe, presenta el tratamiento del agua, en toda su sutil tranparencia y riqueza de color.

Siente una especial predilección Ibán Navarro por la figura humana y en algunas obras que pueden disfrutarse en Este se aprecia la interacción entre la figura y la marina. Pero incluso aquí se anuncia una posible evolución de sus temas: obsérvese la obra en la que él mismo aparece retratado, de perfil, reflexivo, apoyado en un árbol; tal vez con ella esté Ibán Navarro alumbrando nuevos intereses más introspectivos, por si fuera ya poca la lucha del creador con su propia creación. En cualquier caso, que las musas le besen cuanto necesite su inspiración… Y que todas ellas le pillen trabajando. Esos son los deseos sinceros que sentirá cualquier buen aficionado a la pintura que se acerque a esta exposición del mes de julio, sobrada excusa para el deleite y la admiración.

 

 

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