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“127 horas”, a la caza de 5 minutos de morbo


Este artículo puede herir la sensibilidad de algunas personas,
si es así, absténganse de leerlo. No es imprescindible hacerlo, por supuesto.

Sé que hay gente a la que parece haberle gustado la última película de Danny Boyle, nominada entre otros premios Oscar, a mejor película y mejor actor protagonista (James Franco, que por cierto, presenta junto a Anne Hathaway la gala de este año). Pero a mí no me ha parecido, ni de lejos, la obra maestra que prometía ser.
Los siguientes párrafos contienen spoilers

Aron Ralston, el personaje principal basado en la persona real que vivió la experiencia que se narra en “127 horas”, es un tipo aventurero que gusta de transitar lugares como el Blue John Canyon (Utah, EE.UU.), donde le sucede quizá la peor experiencia de su vida. No voy a entrar a valorar la estupidez de un individuo que decide hacer ‘senderismo extremo’ solo, sin avisar a nadie de a dónde va exactamente (una de las normas primordiales de este tipo de aventuras), pero eso es lo que le ocurrió a Aron, en la vida real, y al personaje que interpreta Franco. Con tal mala suerte que, en una bajada bastante angosta entre dos paredes del cañón, se desprende la roca a la que estaba agarrado, que era lo suficientemente pequeña para pasar por entre las dos paredes y lo suficientemente pesada para, una vez trabada entre ellas, no poder moverla. Se suma a esto la mala fortuna de Ralston que ve atrapada su mano entre la roca y una de las paredes, sin posibilidad de sacarla.
A partir de ese momento, la película de Boyle comienza ya a ser un cúmulo de estrategias efectistas para situar al espectador en el momento en que, tarde o temprano, el personaje, como hizo Ralston en la vida real, decide cortarse el brazo. La primera imagen que vivimos es la del brazo oculto tras la roca, pero Boyle nos machaca las entrañas con un plano ‘estupendísimo’ de cómo ha quedado de bonita la pared del cañón con el ‘gotelé’ de restos de piel y carne de la mano del personaje, no muchos, pero los suficientes para pensar: “No perdamos la calma… ¡No perdamos la calma leches, pero mira!”.
Comienza entonces una lucha por la supervivencia y por encontrar el método más efectivo para desatascar el brazo y poder salir con vida. En favor de la primera, Ralston cuenta con algo de agua, unas cuantas cuerdas de escalador, una linterna de cabeza, varios mosquetones, etc. En favor de la segunda, tiene además… Una navaja-alicate, que no sabe muy bien cómo usar, intentará descamar la roca para que se mueva y poder extraer el brazo sin éxito.
Sin embargo, en contra de la primera, tiene poco agua para sobrevivir lo suficiente como para que, una vez dado por desaparecido (si es que alguien lo denuncia) y suponiendo que le encuentren, le saquen de allí con vida; las cuerdas no le ayudan a sacar de allí la roca, porque al ser de escalada, son lo suficientemente elásticas para ceder a la fuerza de una polea (que por otro lado, difícilmente iba a funcionar teniendo en cuenta que sólo puede hacer fuerza con una mano y el peso de su cuerpo, unos 70kg, no más). Y en contra de la segunda, la navaja-alicate no sirve ni para cortar mantequilla al sol.
Es después de esta composición de lugar que el personaje de James Franco vive quizá lo más aprovechable de la película: su evolución psicológica entorno a varios recuerdos y futuribles (eso sí, muy al estilo americano). Esto es: asumir que está atrapado y que nadie va a pasar por allí, administrarse los líquidos para sobrevivir la mayor cantidad de días, vivir momentos de desesperación (con intento, de nuevo efectista, de comenzar a cortarse el antebrazo con una navaja sin filo), recordar a su ex-pareja, a sus padres, a su hermana y al compañero de curro al que no le dijo a dónde iba, tener paranoias varias dada la soledad y el desamparo al que se ve destinado, vivir una experiencia en plan ‘visión de futuro’ en la que imagina a su hijo no nato…
Me ahorro, eso sí, las correspondientes etapas del proceso físico desde la producción de adrenalina hasta el más intenso de los agotamientos.
Todo ello, recogido en un halo como de ‘aura estadounidense’ en el que no te crees ni una de las visiones, que parecen apariciones bíblicas hechas con los peores efectos especiales, que vienen a reforzar la idea de que Boyle podía haber hecho un corto sobre la experiencia de cortarse el antebrazo.
Aparecen además personajes absurdamente incrustados, como es el caso de las dos mujerzuelas a las que se encuentra, y con las que mantiene un sí es no es de tensión sexual. Resuelta de mala manera en la insinuación de la necesidad de Raslton de masturbarse al ver los pechos de una de ellas en su cámara que todo lo graba.
Cámara que todo lo graba, sus histerias, sus películas con las paranoias que le vienen a la mente, sus impulsos físicos, su testamento… Y todo esto está plagado de fragmentos en los que Boyle realiza primeros planos de esa mano atrapada. De nuevo, el gusto efectista por insinuar el final de la experiencia.
Llega entonces el momento al que nos ha venido preparando… Decide, al quinto día, cortarse el brazo. ¿Cómo? Pues bien, aquella navaja que no cortaba mantequilla al sol había sido literalmente clavada en su brazo porque el corazón no hacía más que bombear adrenalina y se le iba a salir del pecho. Con tan ‘buena’ suerte que se había dado cuenta de que “oye, tengo un hueso dentro del brazo”. El proceso por el cual acaba cortándose el brazo me lo guardo, entre otras cosas, porque no fui capaz de mirar esa escena mientras ocurría en la gran pantalla.
Pero, no os preocupéis, amigos aprensivos del dolor, que Danny Boyle ya se encarga de haceros saber lo mal que lo está pasando el personaje con una música chirriante y tensional, que parece sacada del más puro estilo Psicosis, pero mucho menos valiosa.
Finaliza la película con Ralston descendiendo una pared para acceder a un charco insalubre de agua, y poder salir de aquel infierno, rescatado por una familia a plena luz del mediodía.¡Ah, por cierto! Lo de Scooby Doo… Sobrar no, lo siguiente.

Fin de spoilers

CONCLUSIÓN: La captación del proceso psíquico que tuvo que vivir el verdadero Ralston está, si me apuras, cogida con pinzas. Viendo la película piensas que si Aron Ralston lo vivió exactamente como lo hace en el guión de Boyle, no debió sufrir tanto, ¡porque no se nota la verdadera desesperación (y eso que Franco intenta compensar esa falta de intensidad que tiene Boyle con una algo más que aceptable actuación)!
La película te marca por unas horas, y no ya por la búsqueda del morbo, sino por la idea de saber que eso tuvo que vivirlo una persona real.
La secuencia más intensa no es más que un cúmulo de efectos al más puro estilo “Saw” (imagen, sonido y sangre), que no aportan nada a la película, porque ésta no tiene base para sustentar dicha escena.
Así que, Boyle, para la próxima, intenta hacer una película buena en la que no necesites tirar de la aprensividad y sensibilidad humana para generar desmayos.
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