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José Luis Sampedro en Santander


Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA de Cantabria. Día 3 de agosto de 2008

José Luis Sampedro en Santander

 

 

República de las Letras, revista de la Asociación Colegial de Escritores de España, ha dedicado su número 106 a José Luis Sampedro (Barcelona, 1917), el autor de El río que nos lleva, Octubre, octubre o La sonrisa etrusca. Quiero destacar este homenaje porque Sampedro ha tenido una relación muy especial con Santander, me parece que no siempre ponderada en su justa medida, aunque el ALERTA ha acogido en sus páginas el recuerdo trazado por Saiz Viadero, hace años.

No es que yo sea muy devoto de las identificaciones geográficas de los creadores (y mucho menos de una suerte de “determinismo contextual”), pero sí reconozco la importancia de algunos lugares en el proceso literario de ciertos escritores. En Sampedro, la referencia de la capital cántabra es verdaderamente notable por varios motivos. Antes de la Guerra Civil, en junio de 1935, obtuvo su primer destino como funcionario en la Aduana de Santander. Era un joven inquieto que, junto con amigos como Germán Sanginés, Francisco Obregón y Luis Trujeda, frecuentaba el Ateneo que presidía Pombo Ibarra. En esta institución fue donde seguramente conoció al melómano burgués Estanislao de Abarca, treinta años mayor que él, que resultaría verdaderamente importante en los inicios literarios del escritor barcelonés. A tal grado de confianza llegaron ambos que en 1944 habría de ser el padrino de boda de Sampedro con Isabel Pellicer. Abarca le introdujo en la lectura de Unamuno, que habría de completar el joven con obras de Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego o Manuel Llano, entre otros, así como las visitas a la Biblioteca de Menéndez Pelayo, como ha confesado en una reciente entrevista: “Cuando a mis dieciocho años cobré mi primer sueldo y empecé a organizar mi vida –la sublevación militar me la desorganizó enseguida— cayó en mis manos Montaigne en la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander y quedé fascinado hasta el punto de que uno de mis primeros escritos, tan breve como ingenuo, se titulaba Michel de Montaigne par lui même”. Este texto sobre el pensador francés se publicó en la revista “Uno”, que el propio Sampedro diseñó y redactó totalmente en Santander. En sus páginas había también una breve traducción manuscrita, un cuento titulado “Manual de contabilidad” y unos poemas mecanografiados, uno de ellos fechado en Santoña. Con Felipe Gil escribió en Santander una “Revista de Estudios Islámicos”, de la que al parecer no se conserva ninguna copia. Consta también que en Santander, lugar que abrió su vocación literaria, escribió “Palotes”… Se trata de restos que la memoria del autor y el esfuerzo de los investigadores intentan vertebrar entorno de una inquietud literaria que habría de cobrar forma en los años cuarenta. De su presencia santanderina quedan también otros nombres: Soledad Mazarrasa, Elena Quiroga, Eduardo Casanueva, Florencio de la Lama, José del Río Sainz, “Pick”…  

En marzo de 1987, muchos años más tarde, vividos éxitos literarios, desventuras académicas y dedicaciones diversas, Sampedro regresó a Santander invitado por el claustro del Instituto Santa Clara para dar una conferencia (que también impartió en el Besaya de Torrelavega, al día siguiente). Regresaba a una ciudad que se parecía bien poco a la que había conocido en los trágicos años treinta: aquella ciudad que era  anterior al incendio del 41 y habitaba un buen refugio de sus recuerdos. Yo lo vi en una charla que dio en la Sala Pereda hace unos doce o trece años: es curioso que estas fechas más cercanas se me escapen.

Hoy, menos que nunca, no he contado nada nuevo, perdóneme, amigo lector. Pero creo que merecía más que unas líneas el recuerdo santanderino de José Luis Sampedro. Puedo no estar de acuerdo con algunos de sus planteamientos ideológicos, pero respeto su trayectoria y su compromiso con lo “intelectual”, que es de lo poco que nos salva de este río nos lleva, habitualmente cretino.

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