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El camino de los ingleses


Artículo de Mario Crespo para el diario Alerta

El camino de los ingleses

 

            Me cae bien Antonio Banderas y debe de ser porque veo en él algo de honesto que en otros artistas se me escapa u oculta. Ya se sabe, la historia del hombre hecho a sí mismo, que empieza de la nada y llega a puro huevo a las más altas cumbres de la miseria. Tal vez él mismo juegue a eso, a dar una imagen de honestidad que pretende subrayar con su segunda película como director, titulada El camino de los ingleses. Que conste que a mí la película me parece bastante imperfecta e irregular. Imperfecta porque da la sensación de que Banderas no aprovecha todo el potencial que le brindan tanto la historia (basada en una novela de Antonio Soler que no he leído) como sus propias inquietudes (plasmadas en un proyecto en el que habitualmente no se arriesgan los grandes de Hollywood) y las capacidades de sus actores, ya sean los veteranos (magnífico Juan Diego, pero ¿cuándo Juan Diego ha estado mal en una película?) como los jóvenes (impresiona, por ejemplo, Raúl Arévalo, en un papel impagable que resuelve de manera impactante).

            La película me parece irregular porque el espectador se encuentra despistado ante ella, no sabe muy bien a qué carta quedarse y tarda en aclarar la historia, por más que ésta sea aparentemente sencilla: el camino inicial de unos jóvenes que dejan atrás su adolescencia y se enfrentan a sus sueños o, mejor dicho, a la ruptura de sus sueños. El asunto, que debería haber dado suficiente juego como para crear, seguramente, una obra maestra, se queda en la mayoría del metraje en un ejercicio estético en el que se suceden escenas de gran belleza y otras que sumen al espectador en el más aburrido de los tópicos creativos. La música persistente y a veces innecesaria, aunque creo que bastante bien elegida, no ayuda a comprender la historia, aunque mucho menos ayuda la voz en off del joven promesa de la radio, interpretado por Fran Perea, que incide exageradamente en lo literario de la historia. Es decir, el lenguaje se convierte en un exceso de lenguaje, en un exceso de información en el que, además, la palabra es demasiado abstrusa. Imagino que ahí radica una de las deudas de Banderas con la novela en que basa su historia. Pero la imagen era ya demasiada palabra como para ensuciarla con palabras…

            Sin embargo, hay un aspecto de El camino de los ingleses que me gustaría destacar y que, en mi opinión, se diluye en la historia y en los excesos estéticos del director. Se trata de la ruptura de los sueños. Todos los jóvenes que aparecen tienen un sueño, más o menos claro, que ansían cumplir algún día. Para unos debería ser más fácil que para otros (hay que tener en cuenta la diferente extracción social de los amigos, entre otras cosas) pero a todos les anima en cierta manera el “desarrollarse” en su deseo. Pecado y virtud de juventud, sin duda. Lo que no esperan, seguramente, es que ese deseo vaya a chocar con los demás, con el otro sartriano, que muchas veces, por desgracia, impone una barrera insalvable en la realización personal de cada uno. Ése es para mí el gran acierto de la historia y su aspecto más universal: la imposibilidad de realizar los sueños en un mundo dominado por adultos (adultos en su sentido de “personas de vuelta de todo”) que proyectan en los jóvenes sus frustraciones y fracasos. Entre otras cosas, porque constantemente se castiga la juventud dado que ésta es sin duda mucho más que una mera etapa de la vida: la juventud es una actitud, una manera de ver el mundo y ver a los demás y verse a sí mismo. No quiero caer en los tópicos, el asunto es más serio de lo que parece y afecta a la vida de cada uno. Para los jóvenes están reservadas las grandes empresas y eso no siempre se acepta. “Propios son de jóvenes todos los trabajos grandes y múltiples”, escribió Platón. Sin embargo, para algunas personas mayores y experimentadas la vida acaba siendo una proyección de miedos y complejos; el joven nunca podrá llegar a ser aquello que su padre o su abuelo o su rival en el amor no han podido llegar a ser. Con ello no solamente el viejo cumple su oculto deseo de destrucción, sino que a veces se elimina verdaderamente todo lo que de genial y renovador hay en el joven.

            Afortunadamente ni todos los jóvenes están ya derrotados por las circunstancias impuestas por los demás ni todos los que están de vuelta de todo están dispuestos a renunciar a proyectar sobre los jóvenes lo mejor de sí mismos o los sueños que no llegaron a cumplir. De los sueños incumplidos no tienen culpa los jóvenes.

 

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