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Kierkegaard y el arte de la seducción


 

Kierkegaard y el arte de la seducción

 

 

            Quizá se pueda pensar que Sören Kierkegaard no es más que otro de tantos que decidieron, muy dignamente, no contar a sus colegas por qué ayer no mojó. Estos términos tan coloquiales y “chavalerescos” seguramente fueron utilizados en otro tiempo por un reacio a las etiquetas como era Kierkegaard. Reconociendo que quizá Diario de un seductor sea más bien una pequeña obra para el gusto femenino, es muy probable que los hombres encontraran en estas confesiones ayuda para sus próximos ligues –no sabría decir si llevando a cabo o rechazando por completo las pautas que este autor nos propone.

 

Sören Aabye Kierkegaard, nació en Copenhague, en 1813. Es mucho más conocido por su faceta filosófica y teológica que por escribir en un diario cómo le fue con su querida Cordelia (máscara de la verdadera pasión del escritor, Regina Olsen). Regina Olsen era su prometida adolescente, a la que no le faltaban las dudas sobre su futuro matrimonio. Diversos avatares de la vida –y una extraña concepción del mundo que tenía Kierkegaard, como todo genio al parecer- llevaron al filósofo a romper el compromiso y crearse una faceta de seductor para ocultar sus verdaderos sentimientos, mucho más dolorosos. No obstante su carencia de atractivo (al parecer era feo, jorobado y demás encantos varios), a menudo se le compara con estetas de la talla de Wilde o D’Annunzio. Sin quererlo, además, Sören Kierkegaard se convirtió en la figura central del existencialismo.

 

Adentrándonos ya con este preámbulo en la propia obra, podemos encontrar, aunque no explícitamente, a un hombre atormentado e inseguro que se reconoce perdedor pero intenta negarlo. Tema tan socorrido, y a veces maltratado, como es el amor se presenta en Diario de un seductor tal y como lo pudiéramos vivir hoy en día. La pasión desborda al confesor tan fuertemente que observamos desde los más tiernos, delicados y bellos piropos hasta un claro manifiesto de despecho. No le faltan a esta obra betas filosóficas características del autor, así como sentencias que pudieran parecer más sociales-intelectuales que sentimentales o individuales (valga de ejemplo: Y todavía se alimenta con el divino néctar del ideal. Pero el ideal que brilla en su alma no es el de ser una pastorcilla de Arcadia o una heroína de novela, sino preferentemente algo semejante a una Juana de Arco).

 

Es, con todo, Kierkegaard, un hombre a merced de sus sentimientos, del desvelo de la duda y la pérdida. Un filósofo venido a menos por esta tortura que es el amor. Un cegado objetivista que se atreve a humillarse ante sí mismo sin capacidad para explicarse, como pudo hacer con tantas otras cosas, por qué fue él el seducido.

 

 

 

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