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Menéndez Pelayo y los canapés


Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA.

 

 

El pasado día 15 de mayo se celebró en el Parlamento de Cantabria un acto conmemorativo del fallecimiento de Marcelino Menéndez Pelayo, organizado por la Real Sociedad Menéndez Pelayo, la Sociedad Española de Estudios Clásicos en Cantabria y el Parlamento. No asistí al acto entero, que presentaba un programa de cierta enjundia y con visos de prolongarse indefinidamente en el tiempo de aquella tarde primaveral y lluviosa. Me fui cuando terminó su intervención el poeta Jaime Siles, catedrático de Filología Latina en la Universidad de Valencia, que habló con indudable acierto sobre “Menéndez Pelayo y la tradición poética occidental: su Horacio en España”. Pido comprensión para este gesto de marcharme después de la conferencia, que en otras circunstancias hubiera sido muestra de una mala educación a todas luces injustificable. Es que cada vez estoy más convencido de que todo aquello que se organice bajo el nombre de Menéndez Pelayo, y más tratándose de un recuerdo de su lugar en el mundo intelectual, debe preocuparse esencialmente por el estudio de su obra, que buena falta hace, aunque sólo sea por respeto a su memoria y su legado. Así que el mejor homenaje personal que pude hacerle al humanista fue atender a D. Jaime y luego retirarme discretamente a mis aposentos para continuar mi modestísima lectura de los Estudios de crítica histórica y literaria de don Marcelino. Imagino que hicieron lo mismo o parecido buena parte de los profesores universitarios y demás autoridades culturales que allí se congregaron en justo débito al polígrafo, algunos quizá al olor de los canapés institucionales.

Lo que vino después en el transcurso del acto del día 15 seguro que estuvo muy bien, no lo dudo, no piense el lector que tengo nada en contra de nadie, allá cada cual con sus agendas y sus objetivos en la vida. Al fin y al cabo, todos alcanzaremos las más altas cimas de la miseria, como dijo Marx (Groucho). Pero permítame el lector que diga que todo me huele a cierto tufillo pesebrista y oportunista. Igual me equivoco, claro está, y no sería raro, porque yo me equivoco con harta frecuencia. Sin embargo, tiene su gracia que algunos profesores de la Universidad de Cantabria estén ahora entusiasmados por la obra de Menéndez Pelayo, sobre todo teniendo en cuenta el desprecio que para muchos de ellos han tenido tanto los libros del polígrafo español como la propia Sociedad Menéndez Pelayo hasta hace bien poco, cuando ésta aún no tenía el título de Real. Claro que también esta misma Universidad se ha convertido poco menos que en adalid de la “Universidad del Castellano” en Comillas. Y aquí me acuerdo de una canción de Aute que dice aquello de que “si se me escapa una sonrisa, espero que me captes la ironía”… Riamos, pues: que reír será mejor que conceder al enfado un monumento.

Casi tan divertido me parece nombrar Socio de Honor de la Real Sociedad a Miguel Artigas Ferrando, director que fue de la Biblioteca de don Marcelino. Concederle a Artigas tal honor es un verdadero disparate histórico: no sólo por haber llovido tanto desde que el estudioso aragonés desapareciera (1947), sino sencillamente porque Artigas era ya Presidente de Honor de la Sociedad desde que fuera nombrado director de la Biblioteca Nacional (1930). Lo que han hecho ahora, en vez de homenajearle, es en realidad rebajarle de “Presidente”, a “Socio”. No me diga usted, paciente lector, que la cosa no tiene su guasa, aderezada por todos los parabienes institucionales y un decente vino español. ¿Desconocen en la Real Sociedad los títulos y honores que adornan la figura de Artigas y los que ella misma ha concedido a lo largo de su casi centenaria historia? ¿Pero es que nadie lee nada? ¿No han leído el Boletín de la Biblioteca, año XXIII, número 4, de 1947? ¿No han consultado sus propias actas? Por otro lado, si puestos a hacer “revival” estamos, en plan “memoria histórica”, qué buenos somos y qué justos, propongo celebrar otro acto institucional con canapés para conceder con toda justicia a Don Marcelino el título de “Presidente de Honor” de la Real Sociedad que lleva su nombre. A título póstumo, claro está, a ver si queda bien claro que ya ha muerto. Y si se trata de dar prestigio a las instituciones, hago otra propuesta: nombrar a los poetas del Siglo de Oro asesores culturales de la Atenas del Norte. Y al perro Cerbero, secretario perpetuo de la Ilustrísima Sociedad del Canapé.

La lástima es que el verdadero centro intelectual de Santander, la Biblioteca de Menéndez Pelayo, que nunca debió verse desvinculada de la (Real) Sociedad que de ella nació, esté habitualmente vacía de investigadores. O que muchos de los que ahora van de menendezpelayistas no hayan leído ni una sóla página del sabio español. Pero tampoco puedo pensar mal: disponiendo de las denominadas “obras completas” en edición digital, no hay por qué creer que la “gente” no lea a Menéndez Pelayo, simplemente se pasa de su biblioteca. Que viva la Pepa. Yo quiero el panecillo con la anchoíta santoñesa. Y no saber dónde vamos, ni de dónde venimos…

 

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  1. Anónimo
    2 agosto 2008 en 8:25 pm

    Un saludo de Almudena artigas (nieta de mIguel)

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