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Manuel Arce o la vida recobrada


Artículo del domingo 4 de mayo en el diario ALERTA. Mario Crespo
Manuel Arce o la vida recobrada

Que Manuel Arce haya emprendido a sus ochenta años la elaboración o, mejor dicho, la “reconstrucción” de su biografía es un hecho verdaderamente reseñable para quienes tenemos al menos cierto interés por la historia cultural del país en el último siglo. Él ha comentado en unas recientes declaraciones que su abundante archivo personal puede proporcionar “una idea bastante completa del momento histórico y la vida cultural de los años cincuenta, sesenta y setenta en España”. Un período, por cierto, no demasiado conocido o por lo menos no en profundidad, y lleno de tópicos y prejuicios que la documentación puede contribuir a matizar. Quienes, como él, fueron no sólo testigos relevantes sino protagonistas culturales de aquellos años pueden iluminar con su palabra (y con el material que han conservado) unos años grises o incluso oscuros, pero sin embargo claros en creación artística: véase, por ejemplo, el libro de Aurelio García Cantalapiedra “Desde el borde de la memoria”. A mí me parece que quienes fueron entonces importantes actores de lo literario o artístico en el provinciano contexto del Santander franquista tienen, entre las opciones de lo que libremente pueden hacer con su vida, la de trasladarla (siempre parcialmente, claro, y siempre desde lo subjetivo) al papel. Tienen la generosa opción de contarla y contarse a los demás. Y los demás tenemos la obligación de escuchar esos ecos de lo que otros han vivido mucho antes, en una época que no va a volver; tenemos la obligación de conocer lo que con otras formas y criterios han vivido, pero siempre o casi siempre bajo el amparo del amor por la palabra y por el arte, consuelo compartido por individuos de todas las generaciones.

Es curioso que la trayectoria literaria de Manuel Arce pueda dividirse, grosso modo, en dos grandes etapas definidas por el distinto género que ha cultivado en ellas: hasta 1954, la poesía, con libros hoy inencontrables, como “Carta de paz para un hombre extranjero” (1951) y “Biografía de un desconocido” (1954); desde entonces, la novela, con obras casi todas premiadas y reconocidas por el público, como “Testamento en la montaña (1955), “La tentación de vivir” (1961) y “Oficio de muchachos” (1963). Hace poco he comprado “Anzuelos para la lubina”, pero no la primera edición de México, sino la segunda de Barcelona, 1966: en ésta, sin embargo, Arce añade un prólogo verdaderamente jugoso para conocer su historia editorial, que vendrá a unirse a la historia de la censura o de la trastienda editorial española. Hubo que esperar hasta 2006 para leer la que ha sido su última novela, “El latido de la memoria”, VI Premio Emilio Alarcos Llorach, que publicó Algaida. Por entonces también preparó la antología “Poesía del medio siglo en Cantabria. Antología: 1950-2000, para la Biblioteca Cantabria de Estvdio. Arce siempre ha estado en la “brecha cultural”: obviamente, dos de sus mejores creaciones fueron “La isla de los Ratones” (la revista, cuya edición semifacsimilar ha sacado Visor, y la colección de libros) y la galería y librería “Sur”, foros que constituyeron toda una aventura personal y toda una apertura hacia algo más cerca de lo imaginable en aquella España de cerrado y sacristía.

Arce está “recobrando” su existencia y en ese trabajo ímprobo lo difícil debe de ser la selección de lo que verdaderamente va a constituir el hilo de su discurso, los hitos biográficos que él cree que pueden interesar más, las referencias de las que otros echarán mano para sus consultas. A lo largo y ancho de las páginas de su autobiografía, distribuidas al menos en un par de tomos, aparecerán cientos de personajes reales, perfectamente documentados y contextualizados, que pondrán nombre propio a nuestro pasado más cercano, repleto de sucesos y de personas, algunas de las cuales reposan dulce o injustamente en el lecho del olvido: “Hay que ver –ha dicho Arce– la cantidad de poetas que hemos sido y que serán, todos dando la lata a los editores de revistas de poesía”… La gran ventaja de esas páginas que prepara Arce es que vendrán convenientemente documentadas; que su trabajo no vendrá solo, sino en grupo, acompañado por cartas y trozos de otras vidas que ya se han apagado. Con esta labor de escribir sus memorias está demostrando, una vez más, lo que dijo Juan Ramón Jiménez, que “vivir es algo más que seguir viviendo”.

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