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Prodigios de Ibán Navarro

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA. 6 de julio de 2008

 

Prodigios de Ibán Navarro

Cuando Ibán Navarro llegó el pasado año con un lote de paisajes bajo el brazo pocos imaginaban lo que se le venía encima a una Galería Este que, con aquella convocatoria inédita por estas latitudes, y como le ha ocurrido a otras galerías santanderinas, vino a confirmar su querencia por los artistas españoles de contrastada calidad. Porque Ibán Navarro no es sólo un joven que pinta de manera soberbia, que ya sería mucho en estos tiempos que corren; más bien parece que la pintura, no se sabe por qué misterio, ley oculta o manejo extraño, le ha elegido para ser uno de sus privilegiados actores, de esos que nunca agotan sus posibilidades y siempre son capaces de sorprender transitando por caminos nuevos a partir de una técnica sofisticada, cuidada al mínimo detalle, entregada titánicamente a la reproducción exacta de una realidad que siempre parece que se nos escapa al resto de los mortales. Nacido en Barcelona en 1982, e hijo del excelente hiperrealista jerezano Jesús Navarro (también su madre y su hermana se dedican a la pintura), bien se puede decir que ha nacido y crecido envuelto por el arte, aunque esto no hubiera sido suficiente si en el artista no se hallaran cualidades innatas a las que mimar y cuidar. Desde el año 2003 ha expuesto en Top Art de Barcelona, Lance de Tokio, Howard de Manchester, Androx de Vigo, Sharon Art de León y Jorge Sori Fine Art de Miami, recorrido internacional para una pintura que bien puede exponerse en lugares tan distintos, ya que el espectador se reconoce en lo que observa, aunque los paisajes procedan de una geografía concreta. A pesar de la política contumaz de ciertos gestores culturales, siempre existe un camino para lo figurativo, que es experiencia creadora notable, desde la que un buen pintor puede ofrecerse, siendo fiel a la esencia de la pintura, a nuevos derroteros.

Después de aquella exposición de la Semana Santa de 2007, trae ahora Ibán Navarro a la Galería Este otro conjunto extraordinario de esos restos que quedan de los pequeños naufragios interiores, con mares diversos y costas afiladas y objetos errantes, motivos que apura desde el preciosismo y la detención y el cuidado que tiene el exigente creador ante su propia obra. Utiliza Ibán Navarro la acuarela y el pastel graso, y los emplea tan bien que crea texturas más que fotográficas, reinventándose en las luces y sombras de los objetos, en las ambientaciones escénicas, en la composición de los elementos, en la suavidad cromática y en la sensación general de estar contemplando uno de esos festines del detalle al que nos convocan los prodigios del hiperrealismo. Particular cuidado, si cabe, presenta el tratamiento del agua, en toda su sutil tranparencia y riqueza de color.

Siente una especial predilección Ibán Navarro por la figura humana y en algunas obras que pueden disfrutarse en Este se aprecia la interacción entre la figura y la marina. Pero incluso aquí se anuncia una posible evolución de sus temas: obsérvese la obra en la que él mismo aparece retratado, de perfil, reflexivo, apoyado en un árbol; tal vez con ella esté Ibán Navarro alumbrando nuevos intereses más introspectivos, por si fuera ya poca la lucha del creador con su propia creación. En cualquier caso, que las musas le besen cuanto necesite su inspiración… Y que todas ellas le pillen trabajando. Esos son los deseos sinceros que sentirá cualquier buen aficionado a la pintura que se acerque a esta exposición del mes de julio, sobrada excusa para el deleite y la admiración.

 

 

Exposición de María Blanchard

Artículo de Mario Crespo

 

Exposición de María Blanchard

Hasta el día 20 de septiembre se expone en la planta baja del Museo de Bellas Artes de Santander una selección de obras de la pintora santanderina María Blanchard (1881-1932). Hacía algún tiempo que no entraba en el Museo con la intención expresa de disfrutar con una de sus propuestas. El verano pasado un conocido escritor lo visitó con intención de contemplar las obras de los paisajistas montañeses y salió profundamente decepcionado, porque lo que vio fue una mezcolanza extraña de obras de muy diferente ralea, sin criterio cronológico y con una organización temática muy discutible; de las obras de los Sainz, Riancho, Salces, Campuzano o Alvear, nada o casi nada. Todo, supongo, dispuesto en aras de la vanguardia y de lo moderno y de las instalaciones y del conceptualismo: fluorescentes, videos y sillones que hablan, que vivan la Pepa y Arco. Podría echar mano de mi propia experiencia y de las escasas visitas que he realizado al Museo en los últimos años. Recuerdo, sin embargo, que yo lo solía recorrer con cierta asiduidad en mi adolescencia, en los ochenta y principios de los noventa; llegué a elaborar para mi solaz, incluso, un listado de los cuadros expuestos, destacando en ella los que más me gustaban, como “La cagigona”, de Riancho, o los grabados de Rogelio de Egusquiza. Este Museo formó parte de mi pequeño universo cultural de aquella juventud que se confortaba en los paisajes campurrianos, en la sensualidad de Iturrino o en la modernidad de Antonio Quirós o Pancho Cossío. María Blanchard era otra de las pintoras de referencia, con aquel cuadro, “La merienda”, tan delicado y hermoso. En su modestia, el Museo ofrecía obras de diferentes autores, en un abanico relativamente completo de la producción de los pintores montañeses. Por eso saludo con alegría esta exposición de obras de María Blanchard, que es un guiño, esperemos que perdurable, a lo que creo que fue el Museo en su vocación, para mí, más interesante. Por supuesto que un museo debe estar atento a las nuevas propuestas museográficas, pero no debe convertirse por ello en una especie de galería de arte. Lo digo con sinceridad y con propósito constructivo, naturalmente desde mi profunda ignorancia de las cuestiones artísticas.

La muestra de María Blanchard consta de una veintena de piezas que abarcan casi dos décadas de la vida de la artista santanderina. Proceden de diversas colecciones: varias particulares (como la ovetense colección Masaveu o la galería madrileña Guillermo de Osma), Caja Cantabria, la Consejería de Presidencia y Justicia del Gobierno de Cantabria y el propio Museo. La actividad se enmarca dentro de la fructífera y necesaria relación entre el Ayuntamiento de Santander y la Consejería de Cultura, que ha dado pie, además, a un catálogo con texto de Miguel Logroño. Entre los pasteles y óleos que podemos disfrutar en la muestra figuran algunas obras poco conocidas, como “Ninfas encadenando a Sileno” (1910) o “La dama del abanico” (c. 1913-1916), además de varias de su período cubista, como “Naturaleza muerta de la guitarra” (1918). Junto al interés evidente que ofrecen sus creaciones, es destacable la talla humana de María Gutiérrez Blanchard. Mujer inteligente y extremadamente sensible, sufriente por una deformidad física que padeció desde niña, fue la más grande de nuestras pintoras, situada en la vanguardia europea del primer tercio del siglo pasado. Insatisfecha con la formación que había recibido en Madrid, se lanzó a la aventura de las vanguardias parisinas con inusual firmeza, entregada al arte con máxima intensidad, incluso en medio de incomprensiones y sufrimientos. A pesar de algunos reveses coyunturales, en París y Bélgica ella se sintió libre para crear y su pintura alcanzó el reconocimiento que bien ha merecido a lo largo del siglo XX. Leopoldo Rodríguez Alcalde, Antonio M. Campoy y María José Salazar, entre otros, se han acercado a la vida y obra de esta importante pintora, ofreciendo al lector interesado datos muy jugosos sobre esta mujer de vida tan intensa como admirable.

Acérquese al Museo con el reclamo de esta exposición sobre María Blanchard y pruébese en el elogioso ejercicio de distinguir churras de merinas. Desde luego, la obra de la Blanchard se sitúa entre lo más interesante que vamos a contemplar en Santander durante este verano.

 

 

El viaje a ninguna parte

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA de Cantabria

 

El viaje a ninguna parte

Se ha muerto Fernando Fernán-Gómez y ahora estamos algo más huérfanos de padres culturales. Lo mismo que hay “padres de la Constitución” también hay “padres de la cultura española”, aunque ésta haya devenido en cacharrería y chiringuito y rastreras subvenciones. Siempre me llamó la atención Fernando Fernán-Gómez porque encarnaba al “cómico” de toda la vida y desde que nació parece que su existencia no podría entenderse sin las tablas, sin esas tablas de baúl de la Piquer, camiones por los páramos castellanos y pensiones de mala muerte. Tiene muchísimo mérito todo el cine español de las décadas del blanco y negro, pero tal vez ahora nos cuesta más darnos cuenta de ello, ahora que priman el botox y las tetas de silicona y la superficialidad más inoperante e incauta e irrespetuosa.

Fernán-Gómez es el cómico de la ruina y la voz fuerte y cálida, el pendenciero, el galán tortuoso y el maestro republicano traicionado por los mismos niños a quienes había encandilado enseñándoles la lengua de las mariposas: el maestro fue sin duda el mejor maestro que habrían de tener esos niños, lo mismo que Fernando Fernán-Gómez ha sido el mejor actor español que pudimos ver en la pantalla. Pero pasa que su presencia era una “presencia habituada” en nuestras vidas y uno siempre piensa que las “presencias habituadas” que pueblan sus paisajes personales no van a morir nunca. Para mí Don Quijote tiene la voz de Fernando Fernán-Gómez, lo mismo que Sancho Panza tiene la de Antonio Ferrandis: tal fue el extraño aroma de belleza que dejó en mí, cuando niño, aquella serie de dibujos animados que por primera vez me acercó a un clásico español. Me gustaba Fernán-Gómez especialmente por su gran curiosidad intelectual: por ese regreso constante a los clásicos de la literatura española para alumbrar nuestros años contemporáneos, por sus recreaciones de ese Lazarillo, por ejemplo, que nadie sino Rafael Álvarez El Brujo podía encarnar. Se ha muerto Fernán-Gómez y ahora no sé yo muy bien quién sería capaz de llevar a la pantalla a un clásico de nuestras letras con tantas sutilidades y sugerencias.

Era un escritor: no he leído sus novelas, pero sí la magistral Las bicicletas son para el verano y numerosos artículos de prensa que hablaban de libros y de cine y destilaban un estilo literario que para sí quisieran muchos que cacarean de escritores. Fernando Fernán-Gómez era un contador de historias, un caballero cervantino que contaba muy bien las cosas, fuera sobre el papel o rodando una película: méritos más que suficientes para ser académico de la Lengua. La institución que limpia, fija y da esplendor debería tener más en cuenta a esa gente del cine que también limpia el alma, fija el recuerdo al celuloide y da esplendor a las letras con imágenes y textos bellísimos. Recuerdo que Don Fernando dirigió y protagonizó una entrañable versión de La venganza de Don Mendo que, por cierto, me ha funcionado razonablemente  bien entre los alumnos, aunque para ellos, en el mejor de los casos, Fernán-Gómez es el de las “malas” respuestas en los videos de youtube, que ha convertido la anécdota en un lugar común y superficial. Habrá que recuperar esta tarde de la videoteca o “deuvedeteca” alguna película del actor, director y guionista: El abuelo, por ejemplo, que fue la última en que intervino el inolvidable Rafael Alonso… El cine está inoculado en nuestras vidas y actores como ellos dan su rostro a nuestros recuerdos o máscara a las existencias que alguna vez quisimos vivir.

Ha muerto Fernando Fernán-Gómez con el aplauso y el homenaje unánime de todos, como no podía ser menos, incluso en este país descacharrado y envidioso. Quizá aún no nos damos cuenta de lo que esta pérdida supone para nuestra cultura… Por eso pienso que aunque haya muerto sigue caminando por los pueblos de España, como un Lázaro de Tormes o un Quijote medio loco e inolvidable e indispensable. Hoy lo creo más que nunca: él sigue caminando en ese viaje hacia ninguna parte.

 

El camino de los ingleses

Artículo de Mario Crespo para el diario Alerta

El camino de los ingleses

 

            Me cae bien Antonio Banderas y debe de ser porque veo en él algo de honesto que en otros artistas se me escapa u oculta. Ya se sabe, la historia del hombre hecho a sí mismo, que empieza de la nada y llega a puro huevo a las más altas cumbres de la miseria. Tal vez él mismo juegue a eso, a dar una imagen de honestidad que pretende subrayar con su segunda película como director, titulada El camino de los ingleses. Que conste que a mí la película me parece bastante imperfecta e irregular. Imperfecta porque da la sensación de que Banderas no aprovecha todo el potencial que le brindan tanto la historia (basada en una novela de Antonio Soler que no he leído) como sus propias inquietudes (plasmadas en un proyecto en el que habitualmente no se arriesgan los grandes de Hollywood) y las capacidades de sus actores, ya sean los veteranos (magnífico Juan Diego, pero ¿cuándo Juan Diego ha estado mal en una película?) como los jóvenes (impresiona, por ejemplo, Raúl Arévalo, en un papel impagable que resuelve de manera impactante).

            La película me parece irregular porque el espectador se encuentra despistado ante ella, no sabe muy bien a qué carta quedarse y tarda en aclarar la historia, por más que ésta sea aparentemente sencilla: el camino inicial de unos jóvenes que dejan atrás su adolescencia y se enfrentan a sus sueños o, mejor dicho, a la ruptura de sus sueños. El asunto, que debería haber dado suficiente juego como para crear, seguramente, una obra maestra, se queda en la mayoría del metraje en un ejercicio estético en el que se suceden escenas de gran belleza y otras que sumen al espectador en el más aburrido de los tópicos creativos. La música persistente y a veces innecesaria, aunque creo que bastante bien elegida, no ayuda a comprender la historia, aunque mucho menos ayuda la voz en off del joven promesa de la radio, interpretado por Fran Perea, que incide exageradamente en lo literario de la historia. Es decir, el lenguaje se convierte en un exceso de lenguaje, en un exceso de información en el que, además, la palabra es demasiado abstrusa. Imagino que ahí radica una de las deudas de Banderas con la novela en que basa su historia. Pero la imagen era ya demasiada palabra como para ensuciarla con palabras…

            Sin embargo, hay un aspecto de El camino de los ingleses que me gustaría destacar y que, en mi opinión, se diluye en la historia y en los excesos estéticos del director. Se trata de la ruptura de los sueños. Todos los jóvenes que aparecen tienen un sueño, más o menos claro, que ansían cumplir algún día. Para unos debería ser más fácil que para otros (hay que tener en cuenta la diferente extracción social de los amigos, entre otras cosas) pero a todos les anima en cierta manera el “desarrollarse” en su deseo. Pecado y virtud de juventud, sin duda. Lo que no esperan, seguramente, es que ese deseo vaya a chocar con los demás, con el otro sartriano, que muchas veces, por desgracia, impone una barrera insalvable en la realización personal de cada uno. Ése es para mí el gran acierto de la historia y su aspecto más universal: la imposibilidad de realizar los sueños en un mundo dominado por adultos (adultos en su sentido de “personas de vuelta de todo”) que proyectan en los jóvenes sus frustraciones y fracasos. Entre otras cosas, porque constantemente se castiga la juventud dado que ésta es sin duda mucho más que una mera etapa de la vida: la juventud es una actitud, una manera de ver el mundo y ver a los demás y verse a sí mismo. No quiero caer en los tópicos, el asunto es más serio de lo que parece y afecta a la vida de cada uno. Para los jóvenes están reservadas las grandes empresas y eso no siempre se acepta. “Propios son de jóvenes todos los trabajos grandes y múltiples”, escribió Platón. Sin embargo, para algunas personas mayores y experimentadas la vida acaba siendo una proyección de miedos y complejos; el joven nunca podrá llegar a ser aquello que su padre o su abuelo o su rival en el amor no han podido llegar a ser. Con ello no solamente el viejo cumple su oculto deseo de destrucción, sino que a veces se elimina verdaderamente todo lo que de genial y renovador hay en el joven.

            Afortunadamente ni todos los jóvenes están ya derrotados por las circunstancias impuestas por los demás ni todos los que están de vuelta de todo están dispuestos a renunciar a proyectar sobre los jóvenes lo mejor de sí mismos o los sueños que no llegaron a cumplir. De los sueños incumplidos no tienen culpa los jóvenes.

 

Pintura de Antonio Acebo

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA, 29.VI.08

Ocurre que todo el mundo habla de un artista concreto, los suplementos culturales y los periódicos aúpan al proscenio a determinados nombres, condenando a otros poco menos que al cadalso, las galerías pugnan por “vender” la obra de sus artistas en un inevitable mercadeo con las creaciones de personas dotadas, seguramente, para más amplias empresas. Y con tantos dimes y diretes, con tantas nobles causas doblegadas a los más diversos intereses, se nos olvida hablar de lo más importante, que es del arte en sí mismo, de esa capacidad recreadora del ser humano que puede dar sentido a toda una vida. Algunos artistas, seguramente los que lo son de verdad, sienten en su vida una verdadera fusión con el arte, con independencia del papel que les otorguen los críticos en este gran mercado. Por eso hoy, precisamente, hoy, que la mayoría de nuestros entusiasmos se van a perder en bravuconadas futboleras, voy a dedicar unas líneas (siempre insuficientes, siempre tenues) a la obra de Antonio Acebo (Santander, 1950), uno de nuestros pintores vivos más interesantes, aunque no aparezca habitualmente en las páginas de la prensa diaria, ni las galerías que se dicen de la “nueva ola artística” le tengan en su vanguardia nominal. No pasa nada, porque a veces la mejor garantía para avalar la calidad de un pintor es justamente no exponer en ciertos sitios. Me place escribir sobre él porque un artista que lleva medio siglo pintando, hasta ahora mismo, merece todo mi respeto: su camino personal, humilde, coherente con su propia obra y poco prodigado en exposiciones, acompaña a su vez buena parte del devenir artístico de la región de las últimas décadas, y, con él, otros nombres no deberían olvidarse a la hora de trazar la historia del arte en esta región. Porque, entre otras cosas, Antonio Acebo ha sido desde los años setenta uno de sus más generosos y destacados animadores culturales, con la creación, entre otros proyectos aglutinadores, de las muestras de Pintura Joven Montañesa y Pintores Montañeses Actuales, la Escuela de Artistas Independientes o el grupo “Seis Pintores Montañeses”, formado con Juan Uslé, Victoria Civera, Joaquín Martínez Cano, José Ángel Cataluña y Pedro Solana. Su inquietud se ha traducido en múltiples participaciones en importantes colectivas: la de “Pintores Contemporáneos Cántabros” en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, por ejemplo, o “Plásticos Cántabros 89” en la UIMP, así como la realización de los murales del Pabellón de Cantabria en la EXPO de Sevilla.

Y aún ahora a Acebo le sobran proyectos, siempre integradores e interesantes, con los que mantener viva la repercusión del arte en la sociedad. Él sigue creyendo que la evolución personal del arte no acaba nunca y que donde verdaderamente un pintor se la juega no es en las exposiciones, ya sean individuales o colectivas, sino en la soledad creadora de su estudio: allí, delante de la tabla, rodeado de acrílicos y apuntes, con otras obras superadas esparcidas por el local, es donde un pintor como Acebo se la juega, cada vez que vuelve sobre sí mismo y transforma la realidad en alucinante búsqueda expresada en el lenguaje del abstracto, que es donde más cómodo se halla y donde mejores resultados ofrece su pintura. En 2002 Acebo protagonizó en el Casino del Sardinero la exposición “Windows / Ventanas”, una de las más memorables de su trayectoria. En el folleto puede leerse un texto de Ramón Calderón, que dice, entre otras cosas, lo siguiente: “Opino que Antonio Acebo es simplemente un gran pintor, que domina el color y la composición con maestría. Que conoce a fondo ese mundo tan difícil de la llamada abstracción. Asímismo ese “impresionismo” de horizontes lejanos, paisajes que no existen, pero que curiosamente aparecen en sus telas y que sabe perfectamente el punto en el que hay que poner el pincel, la espátula o el dedo… Puedo afirmar también que está muy claro que posee un acusado buen gusto y un amplio sentido estético”. No puedo contradecir a Calderón: la pintura de Acebo es ante todo una devoción por lo esencial que ofrece al espectador múltiples aciertos compositivos y cromáticos, una búsqueda expresiva que se enraíza en el sentido mismo del hecho creador.

Manuel Jurado López, Premio Alegría

Artículo de Mario Crespo para el ALERTA, día 22 de junio de 2008.

 

Acaban de conceder al profesor y poeta sevillano Manuel Jurado López el Premio Alegría que convoca el Ayuntamiento de Santander, seguro que con todo merecimiento. He sido de los primeros en enterarme: en seguida se puso en contacto conmigo vía email, que es el camino que facilita nuestra comunicación, a pesar de todo discontinua, desde que nos conocimos en mayo del año 2005. Fue en Orihuela, durante la feliz coincidencia de la recepción de los premios anuales de la Fundación Miguel Hernández; en su caso, le daban el Internacional de Poesía por “La luz es una espada” (Hiperión, 2006); en el mío, el Internacional de Periodismo por un artículo publicado en ALERTA sobre la relación de amistad entre José María de Cossío y Miguel Hernández. (El obsequio artístico que me dieron, por cierto, se encuentra en la Casona de Tudanca, que es donde más sentido tiene que esté). Allí también estuvo el poeta catalán Andrés González, que recibió el Premio Nacional para jóvenes poetas que convoca cada año la Fundación Miguel Hernández. Como no podía ser de otra manera, recuerdo con mucho agrado ese día. A la mañana siguiente, Manuel Jurado, mi hermana y yo fuimos a visitar la casa de Miguel Hernández. Firmamos en el libro de honor (yo, sin duda, inmerecidamente) y estuvimos a la vera de la famosa higuera de su huerto, inmortal por la inmortal “Elejía a Ramón Sijé”.Guardo unas fotos de esos momentos inolvidables y aún guardo, bien conservado, un limón que recogí del suelo, como fruto perenne, humilde, apegado a la tierra de los versos del poeta de “El rayo que no cesa”.

No podía imaginar entonces, cuando don Manuel y yo nos despedimos, que nuestros caminos se iban a volver a cruzar enseguida. Fue durante la redacción de mi libro sobre el Ateneo de Santander. Resulta que el Ateneo convocó durante algunos años un premio de poesía que llevaba el nombre del poeta montañés “Miguel Ángel de Argumosa” y que estaba patrocinado por su viuda, Carmen María del Peral y Fortón. Los poemarios, escritos en castellano y con una extensión entre 500 y 700 versos, debían ser rigurosamente inéditos. El premio reportaba una placa artística acreditativa y la cantidad de 75.000 pesetas. El fallo se daba a conocer en la noche del sábado anterior al 21 de marzo, “Fiesta de la Primavera”. Cuál sería mi sorpresa al comprobar que la primera edición del premio, celebrada en 1977, tuvo como ganador a Manuel Jurado. Aquella convocatoria tuvo su anécdota, que me relató con las siguientes palabras el propio protagonista, via email, el 19 de octubre de 2005: “Al parecer mi “Crónica del silencio” apareció sin la correspondiente plica. De modo que no sé si se extravió en el Ateneo o no la incluí. El caso es que, al llegar al colegio donde enseñaba, a la mañana siguiente del fallo un compañero me comentó que en la radio escuchó el caso singular del premio del que no se sabía el nombre del autor y no se había podido tener contacto para comunicarle el resultado del Jurado. Le pregunté, por pura intuición, el título del libro. No me lo pudo decir exactamente y me habló de algo del silencio… Así que me puse en contacto con el Ateneo, después de ciertas dificultades. Fueron tan gentiles que comprendieron la situación y como yo tenía copias del libro, no hubo problema alguno para la entrega del premio. Fue un acto muy entrañable porque además me permitió conocer a Leopoldo Rodríguez Alcalde, Aurelio García Cantalapiedra, Julio de Pablo, Gloria Torner y Arturo del Villar entre otros. Y con ellos pasé unos días inolvidables porque me acompañaron y me enseñaron no sólo Santander sino sus espléndidos alrededores. Aurelio me brindó unas páginas de “Peña Labra” y en la revista colaboré en un par de números o tres. El libro de poemas no se editó”.

A partir de entonces, Jurado López mantuvo cierta relación con algunos proyectos editoriales cántabros: además de “Peña Labra”, colaboró en el libro titulado “Gloria Torner en la voz de los poetas”. Sería también finalista del Premio Ateneo de Santander 1984 con la novela Tefisa; recojo el dato salvándolo del previsible olvido de estas inquietudes y reflejando, a la vez, las múltiples dedicaciones literarias de este escritor, traductor y profesor sevillano, poeta de largo recorrido y muy destacada trayectoria jalonada por multitud de reconocimientos.

En noviembre, después de los años, Manuel Jurado regresará a Santander para recoger su Premio Alegría 2008. Para alegría de todos quienes nos consideramos sus amigos y para alegría de todos los amantes de la poesía. Entonces nos daremos otro abrazo, que nuestros abrazos sólo pueden darse si atraviesan España de punta a punta. Mi enhorabuena, poeta.

 

XII Premio de Poesía Ateneo de Sanlucar de Barrameda

Hago un pequeño resumen de las bases de este concurso que podréis encontrar extendidas en escritores.org

  • Podrán participar todos los poetas que lo deseen con cinco poemas inéditos y en castellano.
  • El tema será libre, la extensión máxima de cada poema será de 30 versos.
  • Los trabajos habrán de enviarse por quintuplicado y bajo lema.
  • En sobre aparte, donde figure el lema, irán reseñados los datos del autor/a (plica): nombre, dirección, teléfono, correo electrónico.
  • Podrán presentarse in situ en la sede del Ateneo, c/ Victoria s/n, CASA DE LA CULTURA, o enviarlos al:

Apartado de Correos nº135
11540 Sanlúcar de Barrameda
CÁDIZ

  • El plazo de presentación de originales finaliza el 31 de agosto de 2008.
  • El premio será de 600 € y diploma acreditativo.
  • Podrán concederse dos accésit.
  • El Ateneo se reserva el derecho de publicación de todos los trabajos premiados.
  • El poeta premiado está obligado a asistir al acto de entrega, en fecha anunciada previamente.

 

XXIV Certamen de Poesía Joaquín Benito de Lucas

Aquí os dejo información sobre esta convocatoria de poesía. Para información detallada: escritores.org

 

  • Podrán concurrir cuantos poetas lo deseen con no más de un libro publicado. Los originales presentados han de ser inétidos y estar escritos en castellano. Quedan excluidos los ganadores anteriores del Premio.
  • Los libros tendrán un extensión de entre 500 y 800 versos.
  • Se presentarán bajo título y lema por duplicado, mecanografiados a doble espacio, cosidos, sin firma ni identificación alguna. Se acompañará de un sobre cerrado con el curriculum del autor, en su exterior debe constar el título y lema de la obra, así como que concursa en el XXIV Premio “Joaquín Benito de Lucas”.
  • El Premio, que podrá ser declarado desierto, es de 5.000 € y la edición de la obra en la Colección “Melibea” (el premio en metálico está sometido a retención fiscal).
  • El plazo de admisión de originales finaliza el 15 de agosto de 2008.
  • Los trabajos se enviarán (haciendo constar en el sobre “Para el XXIV Premio de Poesía “Joaquín Benito de Lucas”), por correo certificado a:

Organismo Autónomo Local de Cultura
Plaza del Pan nº5
45600 Talavera de la Reina
TOLEDO 

  • El fallo se hará público en octubre de 2008.

Un importante libro de Gerardo Bolado

Artículo para el diario ALERTA de Mario Crespo

Un importante libro de Gerardo Bolado

Mario Crespo López

 

No creo que haya tenido la repercusión que merece, ni siquiera entre los “profesionales” de la filosofía, el libro del profesor Gerardo Bolado (Santander, 1956) titulado “Transición y recepción. La Filosofía Española en el último tercio del siglo XX”, publicado en 2001 por la Sociedad Menéndez Pelayo y el Centro Asociado de la UNED en Cantabria (colección Estudios de literatura y pensamiento hispánicos). Se me podrá decir que se trata de una obra destinada a un público minoritario, hito propio de un cenáculo cultural limitado, el de la Filosofía, aparentemente venido a menos en estos insustanciales tiempos del Chiki-Chiki. No niego los límites que puede tener la “recepción” de este libro denso, fruto de los numerosos trabajos parciales que ha venido publicando en revistas especializadas este autor, experto en la Historia de la Filosofía del siglo XVI. En su marcada modestia, Bolado es plenamente consciente de a quiénes va dirigido su trabajo de síntesis. E instituciones como las mencionadas son las que deben dar salida a este tipo de obras que no ocupan las listas de las más vendidas, ni lo pretenden porque sería imposible hoy en día que así fuese. La reflexión sobre la lectura de una obra con estos contenidos daría para varios artículos y desde luego no sería quien suscribe el más adecuado ponente de ella. Y sin embargo quiero apuntar el hecho evidente de la existencia de distintos niveles de lectura que se dan en cada uno de nosotros. Por mucho que se empeñen los suplementos “culturales  y las promociones televisivas de la Feria del Libro de Madrid, la mayor parte de los lectores lee obras de puro entretenimiento. Ni mucho menos lo censuro: es el entretenimiento  vía de escape para la alienación y la glocalización, a la vez que consecuencia de estos mismos fenómenos que sufrimos sin que la voz individual apenas se deje oír.

Ocurre que obras como ésta de Gerardo Bolado, monumento de nuestra última historiografía sobre la enseñanza de la Filosofía en España y mucho más, son las que en realidad contribuyen a construir nuestro saber: porque, dicho en pocas palabras, aquí se organiza, se racionaliza y se expone cómo ha sido la “práctica” filosófica en nuestro país (aclaro: España) durante la Democracia. Y esto conlleva otras reflexiones de hondo calado para la comprensión de nuestra reciente historia cultural: por ejemplo, la relación existente entre la “transición política” y la posible ruptura de modelos académicos identificados con el franquismo; o los problemas y connotaciones que plantean términos como “recepción” y “diálogo intergeneracional”, procesos históricos complejos que descartan la simple “imitación” de una determinada autoridad. Se ha planteado en este libro el profesor Bolado una revisión histórico-sociológica de lo que ha sucedido en la enseñanza de la Filosofía en las aulas españolas durante las últimas décadas, lo que supone analizar las influencias de las principales voces filosóficas de nuestro país (Ortega, Zubiri, Aranguren…), el devenir y grado de influencia de las diferentes cátedras universitarias y quienes las han protagonizado, las relaciones con la “cultura establecida”, la importancia política de la Transición a la Democracia y las preocupaciones e historia de las diferentes escuelas de pensamiento y su campo de enseñanza (la lógica, la moral, la estética, la “Filosofía de la Religión”…), etc. Al finalizar su discurso, Gerardo Bolado se adentra en la última historiografía sobre el tema y la Historia de la Filosofía en el Bachillerato nacido de la controvertida LOGSE. Muy útil puede resultar el anexo sobre la producción bibliográfica de Historia de la Filosofía en España, en la que se resume la presencia de diccionarios, revistas, editoriales y otros proyectos que dan cauce a la reflexión filosófica. En toda la obra el lector percibe el profundo bagaje de conocimientos de Gerardo Bolado, que con una prosa didáctica verdaderamente clara y rigurosa, va exponiendo el panorama filosófico español identificando presupuestos de partida e influencias entre corrientes y autores, sin olvidar el decisivo contexto histórico y la obra particular de cada uno de los filósofos que aparecen en estas páginas, algunos de los cuales tienen su apartado bibliográfico propio.

Para mí este libro, que ha caído en mis manos hace poco, pero siete años más tarde de que fuera publicado, ha supuesto todo un descubrimiento al que regresaré con frecuencia, a pesar de que no cuente con un siempre justo y necesario índice onomástico. Ahora sólo falta, como denunciaba el propio Bolado en un escrito reciente, que la nueva asignatura Filosofía y Ciudadanía de 1º de Bachillerato tenga sólo dos horas lectivas semanales. Contra la funesta manía de pensar, ¡que viva la educación en valores! Si Kant levantara la cabeza…

 

Kierkegaard y el arte de la seducción

 

Kierkegaard y el arte de la seducción

 

 

            Quizá se pueda pensar que Sören Kierkegaard no es más que otro de tantos que decidieron, muy dignamente, no contar a sus colegas por qué ayer no mojó. Estos términos tan coloquiales y “chavalerescos” seguramente fueron utilizados en otro tiempo por un reacio a las etiquetas como era Kierkegaard. Reconociendo que quizá Diario de un seductor sea más bien una pequeña obra para el gusto femenino, es muy probable que los hombres encontraran en estas confesiones ayuda para sus próximos ligues –no sabría decir si llevando a cabo o rechazando por completo las pautas que este autor nos propone.

 

Sören Aabye Kierkegaard, nació en Copenhague, en 1813. Es mucho más conocido por su faceta filosófica y teológica que por escribir en un diario cómo le fue con su querida Cordelia (máscara de la verdadera pasión del escritor, Regina Olsen). Regina Olsen era su prometida adolescente, a la que no le faltaban las dudas sobre su futuro matrimonio. Diversos avatares de la vida –y una extraña concepción del mundo que tenía Kierkegaard, como todo genio al parecer- llevaron al filósofo a romper el compromiso y crearse una faceta de seductor para ocultar sus verdaderos sentimientos, mucho más dolorosos. No obstante su carencia de atractivo (al parecer era feo, jorobado y demás encantos varios), a menudo se le compara con estetas de la talla de Wilde o D’Annunzio. Sin quererlo, además, Sören Kierkegaard se convirtió en la figura central del existencialismo.

 

Adentrándonos ya con este preámbulo en la propia obra, podemos encontrar, aunque no explícitamente, a un hombre atormentado e inseguro que se reconoce perdedor pero intenta negarlo. Tema tan socorrido, y a veces maltratado, como es el amor se presenta en Diario de un seductor tal y como lo pudiéramos vivir hoy en día. La pasión desborda al confesor tan fuertemente que observamos desde los más tiernos, delicados y bellos piropos hasta un claro manifiesto de despecho. No le faltan a esta obra betas filosóficas características del autor, así como sentencias que pudieran parecer más sociales-intelectuales que sentimentales o individuales (valga de ejemplo: Y todavía se alimenta con el divino néctar del ideal. Pero el ideal que brilla en su alma no es el de ser una pastorcilla de Arcadia o una heroína de novela, sino preferentemente algo semejante a una Juana de Arco).

 

Es, con todo, Kierkegaard, un hombre a merced de sus sentimientos, del desvelo de la duda y la pérdida. Un filósofo venido a menos por esta tortura que es el amor. Un cegado objetivista que se atreve a humillarse ante sí mismo sin capacidad para explicarse, como pudo hacer con tantas otras cosas, por qué fue él el seducido.

 

 

 

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