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Pintura para siempre

Artículo de Mario Crespo para el diario Alerta de Cantabria. 17 de agosto de 2008.
Pintura para siempre

“Pintura para siempre” es el título que Francisco Revilla ha dado a la nueva propuesta expositiva de su Galería Cervantes. Se ha inaugurado el pasado jueves y podrá disfrutarse hasta principios de septiembre. Reúne en ella obras de Mersad Berber, Tomás Campuzano, Antoni Clavé, Eduardo Chillida, Emilio Grau Sala, Joan Miró, Agustín Redondela, Antonio Saura, Antoni Tàpies y Manolo Valdés. Como puede comprobarse, la variedad de la nómina es muy acusada, en evidente correspondencia con el extraordinario fondo de galería del que hablamos. Hay, sin embargo, un aspecto notable que une a todos estos autores: su obra más que consolidada en el mercado y en la crítica del arte, datos muy a tener en cuenta en este mundo cambiante que vivimos. La consideración hacia estos pintores nunca va a decrecer. Podrán estar más o menos cotizados, podrán gustar a cada uno más o menos, pero nadie dudará de la calidad de lo que aprecia y compra. Incluso el más cercano de todos ellos, Mersad Berber, es un autor con una producción sorprendente, dotada de una belleza y una capacidad de evocación fuera de lo normal, que ya protagonizó hace tiempo una individual en esta misma galería. Qué decir de Chillida, Miró, Saura, Tàpies o Valdés. O de Menchu Gal, pintora vasca de contrastada calidad y prolífica trayectoria, con la que precisamente Paco Revilla inauguró su galería en junio de 1988; fallecida hace pocos meses, fue la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura. Porque se trata, al fin y al cabo, de la pintura, del maravilloso arte que tanto ha vivificado la existencia de todos estos creadores, completamente entregados a su obra. Hay mucha intensidad latiendo en esta exposición, mucha vida entregada, mucha vocación cumplida. En medio de tanta variedad, parece que late el verdadero impulso creador en pintores magníficos que rara vez decepcionan al espectador más exigente.

Llegados a este punto, uno se pregunta de nuevo cómo es posible que muchas de estas obras (bien de Cervantes, bien de otras galerías santanderinas que tienen un fondo de obra más que apreciable) no formen parte de museos institucionales. Por qué a veces sólo se atiende, a costa de los fondos públicos, y con frecuencia sin justificarlo, a un determinado tipo de arte, a unas determinadas galerías o a unos determinados pintores. Dónde está el límite que señala lo que hay que comprar y lo que no. Dónde el criterio que separa esta “pintura para siempre” de esa otra que entra más de lleno en el terreno de la discusión o de lo opinable y que depende de cuestiones efímeras. Muchas veces he escrito aquí que es una pena que la cultura deba organizarse y que tenga que ser a través de una gestión y que ésta, a su vez, la lleven a cabo las autoridades políticas: una lástima. Primero porque puede ocurrir que no siempre el político, sea quien sea, entienda de arte; ni el político ni, a veces, quienes le asesoran. Segundo, porque esto se presta al mercadeo con objetos que son delicadamente mercadeables, y que sin embargo no dependen de la sutileza de un proceso creativo que es poco comprensible para quienes no son creadores, sino de los manejos (legítimos o no) de quienes participan del “mercado del arte”. Pero, puestos a “mercadear”, uno no entiende por qué tienen que establecerse diferencias entre unos y otros, por qué lo creativo está siempre unido al vil metal y ello abra distancias injustas. Si los gestores deben entrar en este asunto, que lo hagan no para fomentar diferencias entre los “mensajeros”, sino para sublimar la inmensa riqueza de las variedades pictóricas, que son también prueba de la variedad humanas. De momento, y no creo afirmar nada nuevo, yo siento la preferencia por esta “pintura para siempre”: un criterio conservador, aunque quizá menos conservador de lo que parece hoy en día.

José Antonio Maza, in memoriam

Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA de Cantabria. Noviembre 2007

 

José Antonio Maza, in memoriam

El pasado jueves me enteré de la noticia: el fallecimiento del contratenor santanderino José Antonio Maza López, a los cuarenta años. Me quedé sin palabras. Dos esquelas en ALERTA: la de su familia y la de sus compañeros del coro Ars Poliphonica. Y su foto en ellas, recordándome tantos momentos vinculados a mi infancia en el Colegio de los Salesianos de Santander. La noticia me ha dejado completamente consternado. Busqué alivio en mi madre, que conoce a la familia, y en mi amigo y compañero Jaime Cuesta, que también, como yo, fue componente de la Escolanía Santo Domingo Savio y creció viendo a Maza completamente entregado a su arte vocal, como un ser venido al mundo para cosas que se nos negaban al resto de los mortales. La Escolanía fue uno de los proyectos corales más importantes que ha habido en nuestro país. Es hora ya de decirlo. Dirigida por Carlos María Labarta Tapia y coordinada por el P. Juan Ángel González Verdayes, fue un proyecto artístico y también, creo, un proyecto educativo que nos hacía pasar en el colegio infinidad de horas. Y fue importante, entre otras cosas, porque en ella se concitaron y se formaron inicialmente voces como la de José Antonio Maza, que era como un ángel que cantaba. Con la Escolanía, en la que había ingresado a los cinco años, obtuvo el premio al mejor solista y mejor técnica de canto en el Festival Internacional de Coros de Bratislava. Este festival era en los ochenta el gran éxito que había obtenido la agrupación, cuya calidad era ponderada y conocida allá donde interpretaba sus piezas, esencialmente, según recuerdo, de carácter sacro. Pero la Escolanía, lamentablemente, terminó su existencia a principios de los noventa. Era evidente que la carrera de Maza no podía detenerse por ello. Su curriculum es prueba del devenir de un hombre que posee no sólo una voz y una técnica privilegiadas, sino también la absoluta entrega a una vocación artística que desde luego no es muy frecuente. Maza fue parte fundamental de Schola Ars Poliphonica y Concentus Musicus de Santander. A finales de los noventa pasó tres años de formación en Londres, ayudado por una beca de la Fundación Botín. Finalizó el Grado Medio de Canto con Mención Honorífica en el Conservatorio Jesús de Monasterio y los Estudios Superiores en el Conservatorio de Madrid con la calificación de Sobresaliente (2002). Entre sus numerosas actuaciones, el estreno absoluto de Mon cher Miró de Joan Valent, en Mallorca (1997), la grabación de la ópera Merlín con Plácido Domingo (1999) y un recital en el FIS, con Rosa Goitia al piano, donde interpretó obras de Caldara, Gluck, Haendel, Mozart y Vivaldi. (1999). Quienes han seguido su trayectoria en los últimos años han destacado además su labor docente en numerosos grupos corales.

“Yo, que he tenido su tibia hermosura en mis manos, no podré morir nunca”, escribió José Hierro en un poema inolvidable: mueren aquellos que ven pasar la vana alegría y no la hacen caso, o quienes nunca jamás comprendieron la belleza, la inmensa belleza de la vida encarnada y concreta y vivificada por el arte. Yo, que he amado, no podré morir nunca, aunque muera mi cuerpo y no quede memoria de mí… José Antonio Maza López merece de nuestras instituciones culturales el homenaje que por desgracia no se le pudo dar en vida. Así lo pido por medio de estas líneas, de la manera más clara y rotunda que puedo. Y el Colegio de los Salesianos debería echar una mirada a sus anales y poner una placa a sus alumnos ilustres, entre los que se encuentra, precisamente, José Hierro. Y, ahora, José Antonio Maza López. Sería una idea extraordinaria y de auténtico interés público editar un disco con sus grabaciones: Marcano, que el otro día lamentó la muerte del contratenor, podría encabezar la iniciativa. Todo para que no se pierda en el aire la voz, su voz irrepetible. No puede morir quien ha sido cauce de tanta belleza, quien ha vivido para la belleza y ha embellecido con su música nuestras vidas. A José Antonio Maza se le ha llevado la innombrable, injusta y cruel, completamente a destiempo: la muerte se ha equivocado, como tantas otras veces; ha errado su frío designio. Estoy profundamente emocionado. No escribo más. Y ha pasado un ángel.

Un libro sobre la UIMP olvidado

Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA de Cantabria. 10 de agosto de 2008
UN LIBRO SOBRE LA UIMP OLVIDADO

Tengo algunos libros que he publicado sin pena ni gloria. Supongo que es el final destinado a quienes escribimos especialmente, de manera voluntariosa y sin alharacas, sobre la historia regional y local. Otros mucho mejor que yo lo han dicho: que los libros de crítica tienen una actualidad efímera y los historiográficos no pasan de ser pasos de baile que atiende muy poco público. Tienen un interés muy relativo y créame que soy plenamente consciente de este sino. Sin embargo, de entre esos libros hay dos que me duelen sobre todos los demás, por el olvido que, consciente o no, se ha cernido sobre ellos, de forma abiertamente injusta, puesto que, según entiendo, contienen datos muy interesantes sobre la historia de Santander, por lo menos. Sobre uno de ellos ya escribí un artículo en su momento: “El Ateneo de Santander (1914-2005)”, que editó el Centro de Estudios Montañeses en 2006 (ISBN: 84-933708-7-8. Lo pongo para que se sepa que este libro existe). El otro, del que voy a decir alguna cosa hoy, se titula “En una misma historia. La UIMP y Cantabria a través de sus protagonistas y principales acontecimientos”. Lo publicó en 2006 la Consejería de Educación del Gobierno de Cantabria en colaboración con la UIMP. Al comienzo figura la presentación firmada por la consejera de Educación, Rosa Eva Díez Tezanos, y el prólogo del entonces rector de la UIMP, Luciano Parejo Alfonso. En la portada, una composición sobre carteles realizados por Gloria Torner y Eduardo Grúber. El ISBN de este libro, que es como Teruel, es 84-95302-40-3.

Sé que sacar a colación un libro mío que nadie cita puede sonar a pataleta. Pero no, oiga. Lo siento mucho: debo defender no ya aquello que me llevó mi tiempo trabajar y componer (obviamente sin ninguna retribución económica), sino lo que en su día se publicó con los fondos de una entidad pública llamada Consejería de Educación del Gobierno de Cantabria. En este verano en que se están removiendo los 75 años de vida de la Universidad Internacional (más, por cierto, con actos superficiales que con análisis esmerados de su historia), sospecho que más de uno, sin citarlo, se está aprovechando de este libro, que, lejos del escaso mérito de su autor, contiene abundantes datos sobre la historia de la UIMP sacados de primera mano de las hemerotecas. Un periódico de la competencia está regalando unas láminas sobre este asunto y me temo que en algunos casos siguen casi al pie de la letra lo que en este libro se destaca; aunque tal vez en la lámina final aparezca la bibliografía y entonces veamos citado este desgraciado libro y yo me tenga que tragar mis palabras. De todas formas, comprenda, paciente lector, mi cuidado a este respecto: no sería la primera vez que del trabajo de uno se aprovechan los demás y ni siquiera le reconocen el escaso mérito de haber hablado de ello antes.

Aquel libro, por cierto, se presentó en la Sala Bringas del Palacio de la Magdalena el 6 de septiembre de 2006. No me lo invento. Presidían la consejera de Educación y el entonces rector de la UIMP. Más de un centenar de personas asistieron al acto. Creo que todas siguen vivas. Meses después cambió parte del equipo directivo de la UIMP, entre ellos el Rector, y de este libro no se volvió a tener noticia alguna. Claro está también que la Consejería de Educación decidió, con erróneo criterio, que el libro no saliera a la venta, de manera que imagino que los ejemplares que queden estarán pudriéndose en algún divertido almacén administrativo. Ahora que salen todos o casi todos hablando de los 75 años de la UIMP y de sus relaciones con Santander y Cantabria, como si hubieran descubierto América, no creo pedir nada raro, simplemente que se valoren todas y cada una de las cosas que se han hecho por el conocimiento de esta historia de la UIMP, entre las que se encuentra este libro. Ni más ni menos.

Acabo exactamente igual a como terminé el texto sobre el libro del Ateneo. Seguramente todo esto es una vulgar vanidad, el lector me perdonará. Pero tenía que escribir este artículo. Al menos para que nadie pueda decirme que a este hijo le he querido menos que a otros. Y que no le dediqué esta hora para rescatarle del pronto olvido al que otros le han condenado sin ninguna razón.

 

José Luis Sampedro en Santander

Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA de Cantabria. Día 3 de agosto de 2008

José Luis Sampedro en Santander

 

 

República de las Letras, revista de la Asociación Colegial de Escritores de España, ha dedicado su número 106 a José Luis Sampedro (Barcelona, 1917), el autor de El río que nos lleva, Octubre, octubre o La sonrisa etrusca. Quiero destacar este homenaje porque Sampedro ha tenido una relación muy especial con Santander, me parece que no siempre ponderada en su justa medida, aunque el ALERTA ha acogido en sus páginas el recuerdo trazado por Saiz Viadero, hace años.

No es que yo sea muy devoto de las identificaciones geográficas de los creadores (y mucho menos de una suerte de “determinismo contextual”), pero sí reconozco la importancia de algunos lugares en el proceso literario de ciertos escritores. En Sampedro, la referencia de la capital cántabra es verdaderamente notable por varios motivos. Antes de la Guerra Civil, en junio de 1935, obtuvo su primer destino como funcionario en la Aduana de Santander. Era un joven inquieto que, junto con amigos como Germán Sanginés, Francisco Obregón y Luis Trujeda, frecuentaba el Ateneo que presidía Pombo Ibarra. En esta institución fue donde seguramente conoció al melómano burgués Estanislao de Abarca, treinta años mayor que él, que resultaría verdaderamente importante en los inicios literarios del escritor barcelonés. A tal grado de confianza llegaron ambos que en 1944 habría de ser el padrino de boda de Sampedro con Isabel Pellicer. Abarca le introdujo en la lectura de Unamuno, que habría de completar el joven con obras de Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego o Manuel Llano, entre otros, así como las visitas a la Biblioteca de Menéndez Pelayo, como ha confesado en una reciente entrevista: “Cuando a mis dieciocho años cobré mi primer sueldo y empecé a organizar mi vida –la sublevación militar me la desorganizó enseguida— cayó en mis manos Montaigne en la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander y quedé fascinado hasta el punto de que uno de mis primeros escritos, tan breve como ingenuo, se titulaba Michel de Montaigne par lui même”. Este texto sobre el pensador francés se publicó en la revista “Uno”, que el propio Sampedro diseñó y redactó totalmente en Santander. En sus páginas había también una breve traducción manuscrita, un cuento titulado “Manual de contabilidad” y unos poemas mecanografiados, uno de ellos fechado en Santoña. Con Felipe Gil escribió en Santander una “Revista de Estudios Islámicos”, de la que al parecer no se conserva ninguna copia. Consta también que en Santander, lugar que abrió su vocación literaria, escribió “Palotes”… Se trata de restos que la memoria del autor y el esfuerzo de los investigadores intentan vertebrar entorno de una inquietud literaria que habría de cobrar forma en los años cuarenta. De su presencia santanderina quedan también otros nombres: Soledad Mazarrasa, Elena Quiroga, Eduardo Casanueva, Florencio de la Lama, José del Río Sainz, “Pick”…  

En marzo de 1987, muchos años más tarde, vividos éxitos literarios, desventuras académicas y dedicaciones diversas, Sampedro regresó a Santander invitado por el claustro del Instituto Santa Clara para dar una conferencia (que también impartió en el Besaya de Torrelavega, al día siguiente). Regresaba a una ciudad que se parecía bien poco a la que había conocido en los trágicos años treinta: aquella ciudad que era  anterior al incendio del 41 y habitaba un buen refugio de sus recuerdos. Yo lo vi en una charla que dio en la Sala Pereda hace unos doce o trece años: es curioso que estas fechas más cercanas se me escapen.

Hoy, menos que nunca, no he contado nada nuevo, perdóneme, amigo lector. Pero creo que merecía más que unas líneas el recuerdo santanderino de José Luis Sampedro. Puedo no estar de acuerdo con algunos de sus planteamientos ideológicos, pero respeto su trayectoria y su compromiso con lo “intelectual”, que es de lo poco que nos salva de este río nos lleva, habitualmente cretino.

¿Por qué no un Museo de Historia de Santander?

Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA. 20 de julio de 2008

¿POR QUÉ NO UN MUSEO DE HISTORIA DE SANTANDER?

Esta semana se han celebrado en el Sardinero los Baños de Ola, que desde hace doce años vienen contribuyendo con su granito de arena aristocrático al programa de ocio veraniego santanderino, por lo demás no especialmente original. Su motivación es sencilla y tiene raigambre histórica: los descansos estivales que, entre mediados del siglo XIX y los años treinta del XX, concitaron en las playas capitalinas a visitantes burgueses procedentes del interior de España, so pretexto de los beneficios terapéuticos de los citados baños. La presencia de la Familia Real (eventualmente al principio, continuada desde 1913 hasta 1930, como es bien sabido) dio el espaldarazo a la vocación turística de Santander, protegida a su vez por diversos intereses económicos y políticos.

Junto al elemento puramente festivo, con la celebración de los Baños de Ola se instala en el Casino una exposición que nos acerca a aquella época. El caso es que doce años de exposiciones han producido ya una interesante serie de catálogos en los que se han recogido textos de varios especialistas, así como el registro de multitud de objetos históricos, muchos procedentes de colecciones particulares. La comisaria de estas exposiciones, Lola Sainz, cuida mucho y muy bien la recopilación de materiales, a los que dota de la suficiente coherencia y la pertinente organización para exponerlos al público. Muchos de estos objetos son verdaderamente curiosos, todos de notable valor testimonial, y en la mayoría de los casos cuidados y mimados por sus propietarios, que generosamente los ceden. La pregunta que esto me produce es la siguiente: ¿por qué este tipo de iniciativas, concebidas para un breve tiempo, no tienen continuidad? Seguramente por desarrollarse como mero complemento festivo y también, me temo, por la carencia de infraestructuras para poner una exposición permanente. Y sin embargo el asunto me parece de verdadero interés público: ¿por qué no se crea un Museo de Historia de Santander (o un “Museo de Santander”), al estilo de los que hay en otras ciudades? Esta ciudad carece de este servicio cultural, que sin embargo está lleno de ventajas: por de pronto, permitiría contextualizar y garantizar algunas intervenciones arqueológicas (por ejemplo la de la Plaza Porticada ) y recabar y proteger objetos de valor histórico (vestuario, menaje, literatura efímera, fotografías…) que no tienen cabida en otros lugares y corren el peligro de perderse por culpa de la desidia institucional. Organizar un Museo de Santander no tiene por qué ser complicado: basta la decisión de las autoridades competentes para dar forma continuada a lo que vienen siendo estas convocatorias parciales sobre los Baños de Ola. Se podría contar además con diversas instituciones y entidades que colaboraran en su puesta en práctica y que aportaran también algo de su historia: iniciativas como la del centenario del edificio del Consistorio santanderino, el pasado mes de septiembre, encontrarían perfecto acomodo y recuerdo en una fundación de este tipo.

Santander ha sufrido mucho a lo largo de su pasado y bien merece que prestemos algo de atención a los restos que aún nos ofrece de los siglos pretéritos. Este Museo debería mucho a las aportaciones privadas, pero creo sinceramente que merecería la pena. Tal realización encuentra perfecta justificación por sí misma, y en modo alguno contradice otras iniciativas museísticas. Creo que el Ayuntamiento de Santander debe asumir y liderar esta propuesta, que no se basa más que en dos pilares: la valoración de nuestra historia y la voluntad política para hacer partícipe permanentemente a los ciudadanos de su propio pasado.

Prodigios de Ibán Navarro

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA. 6 de julio de 2008

 

Prodigios de Ibán Navarro

Cuando Ibán Navarro llegó el pasado año con un lote de paisajes bajo el brazo pocos imaginaban lo que se le venía encima a una Galería Este que, con aquella convocatoria inédita por estas latitudes, y como le ha ocurrido a otras galerías santanderinas, vino a confirmar su querencia por los artistas españoles de contrastada calidad. Porque Ibán Navarro no es sólo un joven que pinta de manera soberbia, que ya sería mucho en estos tiempos que corren; más bien parece que la pintura, no se sabe por qué misterio, ley oculta o manejo extraño, le ha elegido para ser uno de sus privilegiados actores, de esos que nunca agotan sus posibilidades y siempre son capaces de sorprender transitando por caminos nuevos a partir de una técnica sofisticada, cuidada al mínimo detalle, entregada titánicamente a la reproducción exacta de una realidad que siempre parece que se nos escapa al resto de los mortales. Nacido en Barcelona en 1982, e hijo del excelente hiperrealista jerezano Jesús Navarro (también su madre y su hermana se dedican a la pintura), bien se puede decir que ha nacido y crecido envuelto por el arte, aunque esto no hubiera sido suficiente si en el artista no se hallaran cualidades innatas a las que mimar y cuidar. Desde el año 2003 ha expuesto en Top Art de Barcelona, Lance de Tokio, Howard de Manchester, Androx de Vigo, Sharon Art de León y Jorge Sori Fine Art de Miami, recorrido internacional para una pintura que bien puede exponerse en lugares tan distintos, ya que el espectador se reconoce en lo que observa, aunque los paisajes procedan de una geografía concreta. A pesar de la política contumaz de ciertos gestores culturales, siempre existe un camino para lo figurativo, que es experiencia creadora notable, desde la que un buen pintor puede ofrecerse, siendo fiel a la esencia de la pintura, a nuevos derroteros.

Después de aquella exposición de la Semana Santa de 2007, trae ahora Ibán Navarro a la Galería Este otro conjunto extraordinario de esos restos que quedan de los pequeños naufragios interiores, con mares diversos y costas afiladas y objetos errantes, motivos que apura desde el preciosismo y la detención y el cuidado que tiene el exigente creador ante su propia obra. Utiliza Ibán Navarro la acuarela y el pastel graso, y los emplea tan bien que crea texturas más que fotográficas, reinventándose en las luces y sombras de los objetos, en las ambientaciones escénicas, en la composición de los elementos, en la suavidad cromática y en la sensación general de estar contemplando uno de esos festines del detalle al que nos convocan los prodigios del hiperrealismo. Particular cuidado, si cabe, presenta el tratamiento del agua, en toda su sutil tranparencia y riqueza de color.

Siente una especial predilección Ibán Navarro por la figura humana y en algunas obras que pueden disfrutarse en Este se aprecia la interacción entre la figura y la marina. Pero incluso aquí se anuncia una posible evolución de sus temas: obsérvese la obra en la que él mismo aparece retratado, de perfil, reflexivo, apoyado en un árbol; tal vez con ella esté Ibán Navarro alumbrando nuevos intereses más introspectivos, por si fuera ya poca la lucha del creador con su propia creación. En cualquier caso, que las musas le besen cuanto necesite su inspiración… Y que todas ellas le pillen trabajando. Esos son los deseos sinceros que sentirá cualquier buen aficionado a la pintura que se acerque a esta exposición del mes de julio, sobrada excusa para el deleite y la admiración.

 

 

Exposición de María Blanchard

Artículo de Mario Crespo

 

Exposición de María Blanchard

Hasta el día 20 de septiembre se expone en la planta baja del Museo de Bellas Artes de Santander una selección de obras de la pintora santanderina María Blanchard (1881-1932). Hacía algún tiempo que no entraba en el Museo con la intención expresa de disfrutar con una de sus propuestas. El verano pasado un conocido escritor lo visitó con intención de contemplar las obras de los paisajistas montañeses y salió profundamente decepcionado, porque lo que vio fue una mezcolanza extraña de obras de muy diferente ralea, sin criterio cronológico y con una organización temática muy discutible; de las obras de los Sainz, Riancho, Salces, Campuzano o Alvear, nada o casi nada. Todo, supongo, dispuesto en aras de la vanguardia y de lo moderno y de las instalaciones y del conceptualismo: fluorescentes, videos y sillones que hablan, que vivan la Pepa y Arco. Podría echar mano de mi propia experiencia y de las escasas visitas que he realizado al Museo en los últimos años. Recuerdo, sin embargo, que yo lo solía recorrer con cierta asiduidad en mi adolescencia, en los ochenta y principios de los noventa; llegué a elaborar para mi solaz, incluso, un listado de los cuadros expuestos, destacando en ella los que más me gustaban, como “La cagigona”, de Riancho, o los grabados de Rogelio de Egusquiza. Este Museo formó parte de mi pequeño universo cultural de aquella juventud que se confortaba en los paisajes campurrianos, en la sensualidad de Iturrino o en la modernidad de Antonio Quirós o Pancho Cossío. María Blanchard era otra de las pintoras de referencia, con aquel cuadro, “La merienda”, tan delicado y hermoso. En su modestia, el Museo ofrecía obras de diferentes autores, en un abanico relativamente completo de la producción de los pintores montañeses. Por eso saludo con alegría esta exposición de obras de María Blanchard, que es un guiño, esperemos que perdurable, a lo que creo que fue el Museo en su vocación, para mí, más interesante. Por supuesto que un museo debe estar atento a las nuevas propuestas museográficas, pero no debe convertirse por ello en una especie de galería de arte. Lo digo con sinceridad y con propósito constructivo, naturalmente desde mi profunda ignorancia de las cuestiones artísticas.

La muestra de María Blanchard consta de una veintena de piezas que abarcan casi dos décadas de la vida de la artista santanderina. Proceden de diversas colecciones: varias particulares (como la ovetense colección Masaveu o la galería madrileña Guillermo de Osma), Caja Cantabria, la Consejería de Presidencia y Justicia del Gobierno de Cantabria y el propio Museo. La actividad se enmarca dentro de la fructífera y necesaria relación entre el Ayuntamiento de Santander y la Consejería de Cultura, que ha dado pie, además, a un catálogo con texto de Miguel Logroño. Entre los pasteles y óleos que podemos disfrutar en la muestra figuran algunas obras poco conocidas, como “Ninfas encadenando a Sileno” (1910) o “La dama del abanico” (c. 1913-1916), además de varias de su período cubista, como “Naturaleza muerta de la guitarra” (1918). Junto al interés evidente que ofrecen sus creaciones, es destacable la talla humana de María Gutiérrez Blanchard. Mujer inteligente y extremadamente sensible, sufriente por una deformidad física que padeció desde niña, fue la más grande de nuestras pintoras, situada en la vanguardia europea del primer tercio del siglo pasado. Insatisfecha con la formación que había recibido en Madrid, se lanzó a la aventura de las vanguardias parisinas con inusual firmeza, entregada al arte con máxima intensidad, incluso en medio de incomprensiones y sufrimientos. A pesar de algunos reveses coyunturales, en París y Bélgica ella se sintió libre para crear y su pintura alcanzó el reconocimiento que bien ha merecido a lo largo del siglo XX. Leopoldo Rodríguez Alcalde, Antonio M. Campoy y María José Salazar, entre otros, se han acercado a la vida y obra de esta importante pintora, ofreciendo al lector interesado datos muy jugosos sobre esta mujer de vida tan intensa como admirable.

Acérquese al Museo con el reclamo de esta exposición sobre María Blanchard y pruébese en el elogioso ejercicio de distinguir churras de merinas. Desde luego, la obra de la Blanchard se sitúa entre lo más interesante que vamos a contemplar en Santander durante este verano.

 

 

El viaje a ninguna parte

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA de Cantabria

 

El viaje a ninguna parte

Se ha muerto Fernando Fernán-Gómez y ahora estamos algo más huérfanos de padres culturales. Lo mismo que hay “padres de la Constitución” también hay “padres de la cultura española”, aunque ésta haya devenido en cacharrería y chiringuito y rastreras subvenciones. Siempre me llamó la atención Fernando Fernán-Gómez porque encarnaba al “cómico” de toda la vida y desde que nació parece que su existencia no podría entenderse sin las tablas, sin esas tablas de baúl de la Piquer, camiones por los páramos castellanos y pensiones de mala muerte. Tiene muchísimo mérito todo el cine español de las décadas del blanco y negro, pero tal vez ahora nos cuesta más darnos cuenta de ello, ahora que priman el botox y las tetas de silicona y la superficialidad más inoperante e incauta e irrespetuosa.

Fernán-Gómez es el cómico de la ruina y la voz fuerte y cálida, el pendenciero, el galán tortuoso y el maestro republicano traicionado por los mismos niños a quienes había encandilado enseñándoles la lengua de las mariposas: el maestro fue sin duda el mejor maestro que habrían de tener esos niños, lo mismo que Fernando Fernán-Gómez ha sido el mejor actor español que pudimos ver en la pantalla. Pero pasa que su presencia era una “presencia habituada” en nuestras vidas y uno siempre piensa que las “presencias habituadas” que pueblan sus paisajes personales no van a morir nunca. Para mí Don Quijote tiene la voz de Fernando Fernán-Gómez, lo mismo que Sancho Panza tiene la de Antonio Ferrandis: tal fue el extraño aroma de belleza que dejó en mí, cuando niño, aquella serie de dibujos animados que por primera vez me acercó a un clásico español. Me gustaba Fernán-Gómez especialmente por su gran curiosidad intelectual: por ese regreso constante a los clásicos de la literatura española para alumbrar nuestros años contemporáneos, por sus recreaciones de ese Lazarillo, por ejemplo, que nadie sino Rafael Álvarez El Brujo podía encarnar. Se ha muerto Fernán-Gómez y ahora no sé yo muy bien quién sería capaz de llevar a la pantalla a un clásico de nuestras letras con tantas sutilidades y sugerencias.

Era un escritor: no he leído sus novelas, pero sí la magistral Las bicicletas son para el verano y numerosos artículos de prensa que hablaban de libros y de cine y destilaban un estilo literario que para sí quisieran muchos que cacarean de escritores. Fernando Fernán-Gómez era un contador de historias, un caballero cervantino que contaba muy bien las cosas, fuera sobre el papel o rodando una película: méritos más que suficientes para ser académico de la Lengua. La institución que limpia, fija y da esplendor debería tener más en cuenta a esa gente del cine que también limpia el alma, fija el recuerdo al celuloide y da esplendor a las letras con imágenes y textos bellísimos. Recuerdo que Don Fernando dirigió y protagonizó una entrañable versión de La venganza de Don Mendo que, por cierto, me ha funcionado razonablemente  bien entre los alumnos, aunque para ellos, en el mejor de los casos, Fernán-Gómez es el de las “malas” respuestas en los videos de youtube, que ha convertido la anécdota en un lugar común y superficial. Habrá que recuperar esta tarde de la videoteca o “deuvedeteca” alguna película del actor, director y guionista: El abuelo, por ejemplo, que fue la última en que intervino el inolvidable Rafael Alonso… El cine está inoculado en nuestras vidas y actores como ellos dan su rostro a nuestros recuerdos o máscara a las existencias que alguna vez quisimos vivir.

Ha muerto Fernando Fernán-Gómez con el aplauso y el homenaje unánime de todos, como no podía ser menos, incluso en este país descacharrado y envidioso. Quizá aún no nos damos cuenta de lo que esta pérdida supone para nuestra cultura… Por eso pienso que aunque haya muerto sigue caminando por los pueblos de España, como un Lázaro de Tormes o un Quijote medio loco e inolvidable e indispensable. Hoy lo creo más que nunca: él sigue caminando en ese viaje hacia ninguna parte.

 

El camino de los ingleses

Artículo de Mario Crespo para el diario Alerta

El camino de los ingleses

 

            Me cae bien Antonio Banderas y debe de ser porque veo en él algo de honesto que en otros artistas se me escapa u oculta. Ya se sabe, la historia del hombre hecho a sí mismo, que empieza de la nada y llega a puro huevo a las más altas cumbres de la miseria. Tal vez él mismo juegue a eso, a dar una imagen de honestidad que pretende subrayar con su segunda película como director, titulada El camino de los ingleses. Que conste que a mí la película me parece bastante imperfecta e irregular. Imperfecta porque da la sensación de que Banderas no aprovecha todo el potencial que le brindan tanto la historia (basada en una novela de Antonio Soler que no he leído) como sus propias inquietudes (plasmadas en un proyecto en el que habitualmente no se arriesgan los grandes de Hollywood) y las capacidades de sus actores, ya sean los veteranos (magnífico Juan Diego, pero ¿cuándo Juan Diego ha estado mal en una película?) como los jóvenes (impresiona, por ejemplo, Raúl Arévalo, en un papel impagable que resuelve de manera impactante).

            La película me parece irregular porque el espectador se encuentra despistado ante ella, no sabe muy bien a qué carta quedarse y tarda en aclarar la historia, por más que ésta sea aparentemente sencilla: el camino inicial de unos jóvenes que dejan atrás su adolescencia y se enfrentan a sus sueños o, mejor dicho, a la ruptura de sus sueños. El asunto, que debería haber dado suficiente juego como para crear, seguramente, una obra maestra, se queda en la mayoría del metraje en un ejercicio estético en el que se suceden escenas de gran belleza y otras que sumen al espectador en el más aburrido de los tópicos creativos. La música persistente y a veces innecesaria, aunque creo que bastante bien elegida, no ayuda a comprender la historia, aunque mucho menos ayuda la voz en off del joven promesa de la radio, interpretado por Fran Perea, que incide exageradamente en lo literario de la historia. Es decir, el lenguaje se convierte en un exceso de lenguaje, en un exceso de información en el que, además, la palabra es demasiado abstrusa. Imagino que ahí radica una de las deudas de Banderas con la novela en que basa su historia. Pero la imagen era ya demasiada palabra como para ensuciarla con palabras…

            Sin embargo, hay un aspecto de El camino de los ingleses que me gustaría destacar y que, en mi opinión, se diluye en la historia y en los excesos estéticos del director. Se trata de la ruptura de los sueños. Todos los jóvenes que aparecen tienen un sueño, más o menos claro, que ansían cumplir algún día. Para unos debería ser más fácil que para otros (hay que tener en cuenta la diferente extracción social de los amigos, entre otras cosas) pero a todos les anima en cierta manera el “desarrollarse” en su deseo. Pecado y virtud de juventud, sin duda. Lo que no esperan, seguramente, es que ese deseo vaya a chocar con los demás, con el otro sartriano, que muchas veces, por desgracia, impone una barrera insalvable en la realización personal de cada uno. Ése es para mí el gran acierto de la historia y su aspecto más universal: la imposibilidad de realizar los sueños en un mundo dominado por adultos (adultos en su sentido de “personas de vuelta de todo”) que proyectan en los jóvenes sus frustraciones y fracasos. Entre otras cosas, porque constantemente se castiga la juventud dado que ésta es sin duda mucho más que una mera etapa de la vida: la juventud es una actitud, una manera de ver el mundo y ver a los demás y verse a sí mismo. No quiero caer en los tópicos, el asunto es más serio de lo que parece y afecta a la vida de cada uno. Para los jóvenes están reservadas las grandes empresas y eso no siempre se acepta. “Propios son de jóvenes todos los trabajos grandes y múltiples”, escribió Platón. Sin embargo, para algunas personas mayores y experimentadas la vida acaba siendo una proyección de miedos y complejos; el joven nunca podrá llegar a ser aquello que su padre o su abuelo o su rival en el amor no han podido llegar a ser. Con ello no solamente el viejo cumple su oculto deseo de destrucción, sino que a veces se elimina verdaderamente todo lo que de genial y renovador hay en el joven.

            Afortunadamente ni todos los jóvenes están ya derrotados por las circunstancias impuestas por los demás ni todos los que están de vuelta de todo están dispuestos a renunciar a proyectar sobre los jóvenes lo mejor de sí mismos o los sueños que no llegaron a cumplir. De los sueños incumplidos no tienen culpa los jóvenes.

 

Pintura de Antonio Acebo

Artículo de Mario Crespo, para el diario ALERTA, 29.VI.08

Ocurre que todo el mundo habla de un artista concreto, los suplementos culturales y los periódicos aúpan al proscenio a determinados nombres, condenando a otros poco menos que al cadalso, las galerías pugnan por “vender” la obra de sus artistas en un inevitable mercadeo con las creaciones de personas dotadas, seguramente, para más amplias empresas. Y con tantos dimes y diretes, con tantas nobles causas doblegadas a los más diversos intereses, se nos olvida hablar de lo más importante, que es del arte en sí mismo, de esa capacidad recreadora del ser humano que puede dar sentido a toda una vida. Algunos artistas, seguramente los que lo son de verdad, sienten en su vida una verdadera fusión con el arte, con independencia del papel que les otorguen los críticos en este gran mercado. Por eso hoy, precisamente, hoy, que la mayoría de nuestros entusiasmos se van a perder en bravuconadas futboleras, voy a dedicar unas líneas (siempre insuficientes, siempre tenues) a la obra de Antonio Acebo (Santander, 1950), uno de nuestros pintores vivos más interesantes, aunque no aparezca habitualmente en las páginas de la prensa diaria, ni las galerías que se dicen de la “nueva ola artística” le tengan en su vanguardia nominal. No pasa nada, porque a veces la mejor garantía para avalar la calidad de un pintor es justamente no exponer en ciertos sitios. Me place escribir sobre él porque un artista que lleva medio siglo pintando, hasta ahora mismo, merece todo mi respeto: su camino personal, humilde, coherente con su propia obra y poco prodigado en exposiciones, acompaña a su vez buena parte del devenir artístico de la región de las últimas décadas, y, con él, otros nombres no deberían olvidarse a la hora de trazar la historia del arte en esta región. Porque, entre otras cosas, Antonio Acebo ha sido desde los años setenta uno de sus más generosos y destacados animadores culturales, con la creación, entre otros proyectos aglutinadores, de las muestras de Pintura Joven Montañesa y Pintores Montañeses Actuales, la Escuela de Artistas Independientes o el grupo “Seis Pintores Montañeses”, formado con Juan Uslé, Victoria Civera, Joaquín Martínez Cano, José Ángel Cataluña y Pedro Solana. Su inquietud se ha traducido en múltiples participaciones en importantes colectivas: la de “Pintores Contemporáneos Cántabros” en el Centro Cultural de la Villa de Madrid, por ejemplo, o “Plásticos Cántabros 89” en la UIMP, así como la realización de los murales del Pabellón de Cantabria en la EXPO de Sevilla.

Y aún ahora a Acebo le sobran proyectos, siempre integradores e interesantes, con los que mantener viva la repercusión del arte en la sociedad. Él sigue creyendo que la evolución personal del arte no acaba nunca y que donde verdaderamente un pintor se la juega no es en las exposiciones, ya sean individuales o colectivas, sino en la soledad creadora de su estudio: allí, delante de la tabla, rodeado de acrílicos y apuntes, con otras obras superadas esparcidas por el local, es donde un pintor como Acebo se la juega, cada vez que vuelve sobre sí mismo y transforma la realidad en alucinante búsqueda expresada en el lenguaje del abstracto, que es donde más cómodo se halla y donde mejores resultados ofrece su pintura. En 2002 Acebo protagonizó en el Casino del Sardinero la exposición “Windows / Ventanas”, una de las más memorables de su trayectoria. En el folleto puede leerse un texto de Ramón Calderón, que dice, entre otras cosas, lo siguiente: “Opino que Antonio Acebo es simplemente un gran pintor, que domina el color y la composición con maestría. Que conoce a fondo ese mundo tan difícil de la llamada abstracción. Asímismo ese “impresionismo” de horizontes lejanos, paisajes que no existen, pero que curiosamente aparecen en sus telas y que sabe perfectamente el punto en el que hay que poner el pincel, la espátula o el dedo… Puedo afirmar también que está muy claro que posee un acusado buen gusto y un amplio sentido estético”. No puedo contradecir a Calderón: la pintura de Acebo es ante todo una devoción por lo esencial que ofrece al espectador múltiples aciertos compositivos y cromáticos, una búsqueda expresiva que se enraíza en el sentido mismo del hecho creador.

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